Publicación de la Asociación Europeos

¿Hacia el ciudadano 0.0? La urgencia de volver a dignificar un concepto

Emilio José Gómez Ciriano

Coincidiendo con el campeonato mundial de baloncesto que se ha celebrado en España en los primeros días del mes de septiembre, una conocida compañía cervecera promocionó su producto sin alcohol con el eslogan “ciudadanos 0.0” y la leyenda “qué bien sienta ser ciudadanos 0.0”. Otra compañía, en este caso una multinacional hostelera de alojamiento a bajo coste, adoptaba en su campaña publicitaria el mensaje: “El bienestar a un precio razonable” y así lo lucía en las fachadas de sus establecimientos.

Desde la deformación profesional que, confieso, tamiza mi manera de percibir la realidad, la lectura de estos mensajes me suscitó dos reflexiones: La primera relativa a cómo en no pocas ocasiones la publicidad hace uso y abuso de palabras, imágenes y conceptos con fuerte significación social (en este caso, el concepto de ciudadanía), y los trivializa sin recato ni pudor alguno para lograr sus objetivos. Esto no es nuevo. Todavía está en la mente de muchos el escándalo que provocó el anuncio de una multinacional italiana de ropa en la que  figuraba un enfermo de sida en su lecho de muerte rodeado de sus familiares.

La segunda reflexión, más inquietante, surgió al analizar los mensajes antedichos y comprobar que bajo su aparente inocuidad escondían un fondo de verdad: Es cierto, cada vez más, somos ciudadanos 0.0 y consumidores 100.100. Es lo que el mercado, que cada día pone precio “razonable”, a los sistemas de bienestar, pretende y fomenta, pidiendo que seamos “activos” y “permanentemente reciclables” en aras de una mayor rentabilidad y competitividad, al tiempo que pasivos y bobaliconamente felices a la hora de exigir derechos. Empujándonos de este modo  a renunciar a la ilusión de vivir en sociedades solidarias, cohesionadas y dignas, que son presentadas como algo definitivamente superado.

Michael Sandel, filósofo y profesor de la universidad de Harvard lo afirma de una manera especialmente brillante en su libro “Lo que el dinero no puede comprar: los límites morales del mercado” cuando sostiene que el mercado, cuando opera, no es inerte o imparcial, sino que “deja su huella” y, en consecuencia, es un deber moral de la sociedad y los individuos que la componen ponerle límites morales y decidir si puede entrar y hasta dónde, en ámbitos tan sensibles del bienestar como la salud, la educación, las pensiones, o los mecanismos de protección social. Asumir dicho deber moral supone estar alerta para cuestionar aquellas prácticas que socaven los derechos sociales, cuya protección y vigilancia está encomendada por los tratados internacionales a unos estados que son los que, paradójicamente, más los suelen violar. Tanto por  por acción como por omisión.

La “cosa”, sin embargo, no termina aquí. La presencia descontrolada del mercado, en el ámbito de las políticas de bienestar social acaba viciando, no ya el espíritu de equidad y universalidad que debería presidir las mismas, sino el compromiso de la sociedad ―y en especial las clases medias― con las situaciones de vulnerabilidad social, pudiendo empezar a desarrollarse opiniones contrarias a dedicar recursos públicos para la protección de aquellos que quedan al margen del sistema. Un ejemplo de ello es la última edición del informe British Social Attitudes que destaca cómo los británicos en 2013 son mucho menos favorables  a las políticas de protección por desempleo de lo que lo eran en 1983 o cómo un 81% de los encuestados considera que la mayoría de los beneficiarios de ayudas sociales las reciben fraudulentamente.

En este proceso de transformación de la mentalidad, los medios de comunicación también juegan su papel: Un programa de la BBC titulado “We all pay your benefits” (Nosotros pagamos vuestras ayudas) emitido en el verano de 2013, en plena crisis económica  muestra a los contribuyentes entrando en los  domicilios de los receptores de ayudas y preguntándoles en qué gastan el dinero de sus prestaciones, llegando incluso a  pedirles que abran  sus neveras y cajones delante de las cámaras. Otro programa, esta vez del Channel 4, titulado “Benefits Street” (La calle de las ayudas) emitido en enero de 2014 se recrea en las condiciones de vida y los hábitos de quienes viven en una calle de un barrio deprimido de Birmingham, resaltando aquellos aspectos más mediáticos. La pobreza y los pobres son de este modo “elevados” a la categoría de espectáculo morboso.

En un momento tan delicado para los derechos sociales en Europa como el actual es urgente recuperar el sentido de lo que supone ser ciudadano y ciudadana. Es preciso volver a dignificar este concepto llenándole de contenido a pesar de los intentos que existen por trivializarlo. Es esencial recrear el vínculo entre ciudadanía y derechos y recordar que una ciudadanía bien asentada no puede permitirse dejar a nadie en sus márgenes. Pero esto solo puede hacerse desde una sociedad despierta y concienciada que exija a sus gobernantes poner límites al mercado.