Publicación de la Asociación Europeos

Minorías y justicia universal en la vieja Europa

Minorías y justicia universal en la vieja Europa

Claude Lanzmann entrevistó en 1975 a Benjamin Murmelstein, el último de “los injustos”.

Claude Lanzmann entrevistó en 1975 a Benjamin Murmelstein, el último de “los injustos”.

Con la oposición del resto de los partidos políticos, por la vía rápida, y con efectos retroactivos con respecto a las causas abiertas en los juzgados españoles (algunas tan relevantes como el genocidio ruandés, los vuelos de la CIA, el asesinato de Ignacio Ellacuría y otros siete compañeros jesuitas en El Salvador, o los genocidios de minorías étnicas en Guatemala, Sáhara o el Tíbet), la mayoría parlamentaria del PP aprobó el pasado 26 de febrero la limitación al principio de justicia universal que hasta ahora permitía enjuiciar en España los crímenes de lesa humanidad (art. 23.4 L.O.P.J), y también proteger los derechos humanos allende nuestras fronteras. Los ciudadanos, y muy especialmente las minorías (sociales, étnicas, religiosas) empiezan a sentirse, como antes de la 2ª Guerra Mundial, amenazados.

Lanzmann en el patíbulo de Theresienstadt, evocando el dolor y la ausencia

Lanzmann en el patíbulo de Theresienstadt, evocando el dolor y la ausencia

MÁS QUE BANAL, INTRÍNSECAMENTE ENGAÑOSO
Así que me llaman ‘campo de concentración Ehrhardt’, ¿eh?”, le decía el mítico comediante Jack Benny al profesor Siletsky, haciéndose pasar por un oficial de la Gestapo, en la sediciosa y antipatriótica (desde el punto de vista de Lubitsch, que era berlinés) Ser o no ser. En registros genéricos contrapuestos, Keyser Söze, otro villano memorable del cine contemporáneo, terminaba su narración abisal en Sospechosos habituales con la aserción de que “la mejor jugada del diablo fue convencer al mundo de que no existía”. Pues bien, en el El último de los injustos –spin off, si se me permite el anglicismo televisivo, de la monumental Shoah–, el cineasta, periodista y escritor Claude Lanzmann se posiciona, en uno de los momentos menos rigurosos y más controvertidos de su último largometraje, frente a aquellos pensadores, con la teoría de Hannah Arendt a la cabeza, que proporcionan al mal esa “coartada” basada en la naturaleza insignificante o banal de sus agentes (con la deriva administrativa que culmina en la metalingüística de la Solución Final). Durante los doscientos dieciocho minutos que dura el montaje definitivo, Lanzmann entrevista y pasea junto a Benjamin Murmelstein, el último presidente del Consejo Judío del Campo de Theresienstadt, exiliado en Roma, y repudiado por los suyos por haber sobrevivido y participado, aunque fuese solo indirectamente, en las deportaciones. Más presente que en sus películas anteriores, el director francés de origen judío, desmonta con la ayuda de su entrevistado el engaño del Tercer Reich para atraer a las familias judías con capitales enraizados en Alemania, Austria, Checoslovaquia o Dinamarca, hacia ese internamiento al norte de Praga, que poco tenía de la colonia judía modelo que se pretendía vender a los observadores internacionales (se llegó incluso a acondicionar el campo para rodar una película de propaganda bajo el engañoso título El Führer regala una ciudad a los judíos), ya que en realidad Theresienstadt era una estación de paso hacia el exterminio, donde se hacinaba, se explotaba y se ejecutaba sumariamente a los prisioneros, como en todos los demás campos.

El profesor Misha Brankov y su orquesta, antes de interpretar la partitura de Al nacer el día.

El profesor Misha Brankov y su orquesta, antes de interpretar la partitura de Al nacer el día.

EL LIMBO HISTÓRICO DE LOS GITANOS
Menos documentado que la Shoah está el Holocausto gitano, en el que pereció entre el 25 y el 50 por ciento de la población romaní europea, muchos de ellos fusilados y exterminados en territorios y campos eslavos, como los de Jasenovac o Semlin. En este campamento serbio, levantado en el antiguo recinto ferial de Belgrado, fue donde por primera vez se llevaron a cabo los asesinatos en masa del Tercer Reich, por medio de camiones que gaseaban con Zyklon-B. Goran Paskaljević, el director de cine más veces laureado (tres) con la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid, rinde homenaje a todas las víctimas del exterminio en el 70º Aniversario de la construcción del campamento de Semlin, con Al nacer el día, la historia de un profesor de música jubilado que, tras unas excavaciones en el alcantarillado de la ciudad, recibe una caja cuyo contenido hace que se tambalee su identidad familiar, convirtiéndole en superviviente, y a la vez en responsable, del destino de sus semejantes.
En una de las secuencias-faro de la película, y tras el ataque incendiario sobre un asentamiento zíngaro, uno de los personajes de Al nacer el día, asevera: “se repiten los crímenes, los culpables siguen impunes, y el mundo continúa indiferente”. Palabras que reverberan sobre las pronunciadas por el realizador serbio (forzado a emigrar en 1992 por el resurgimiento nacionalista) con motivo del estreno mundial de Al nacer el día en el 2012, ya que “recordar a las víctimas es de especial importancia, sobre todo hoy en día, cuando las voces de los grupos extremistas, basados en la ideología nazi de ‘sangre y suelo’ se hacen escuchar cada vez más y cuando el racismo se convierte en una ideología para un número cada vez más significativo de gente joven”. En el interín del filme, es el propio maestro protagonista, interpretado por el actor Mustafa Nadarevic (musulmán de Bosnia en la realidad), quien sufre el desplante de su hijo, y es entonces cuando habrá de encontrar su orquesta–salvación en la solidaridad y el arte de esta minoría olvidada del Holocausto.
Desde los Balcanes llega también La mujer del chatarrero, el largometraje de Danis Tanovic que se llevó el Gran Premio del Jurado y el Oso de Plata al Mejor Actor en la Berlinale. Filmada con estilo de guerrilla (cámara en mano, montaje picado e improvisación) en un pueblo fantasma al Norte de Sarajevo, próximo a los retratados por Alain Keler en el comic book Un viaje entre gitanos, la película recrea la peripecia real sufrida por una familia romaní de cuatro miembros (el matrimonio y sus dos hijas) cuando a la mujer se le niega la intervención quirúrgica necesaria para salvar su vida después de un aborto espontáneo. Como en La muerte del señor Lazarescu, del rumano Cristi Puiu, la vida de esta madre pende del hilo discrecional de la burocracia sanitaria, la cual no atiende (en los países económicamente desarrollados) a las súplicas de los que carecen de recursos y/o tarjeta sanitaria. Finalmente, el sacrificio del marido, la solidaridad de los vecinos y una dosis de picaresca, salvaguardarán a una unidad familiar que se reinterpretó a sí misma ante la cámara del director serbo–bosnio, ganador de un Oscar por En tierra de nadie –farsa sobre el absurdo fratricida en tiempos de guerra–. Hace pocos días, el propio cineasta reflexionaba acerca del destino que le aguarda a una sociedad europea que deja morir de frío y hambre a muchos para alimentar la codicia de unos pocos, e invitaba a los ciudadanos a rebelarse y asumir responsabilidades frente a la crisis del capitalismo. Para Tanovic, La mujer del chatarrero muestra a una familia que intenta sobrevivir y cómo las cosas podrían ir a peor si no nos preocupamos por lo que le ocurre al de al lado.

Nazif convirtiendo en chatarra su medio de locomoción

Nazif convirtiendo en chatarra su medio de locomoción

“LA CUESTIÓN POLACA” EN TIEMPOS DE HITLER Y STALIN
En las antípodas estilísticas de La mujer del chatarrero está Ida, la perla de Pawel Pawlikowski (polaco emigrante) protagonizada por Agata Trzebuchowska que maravilló en el último Festival de Gijón, y que se llevó el Golden Frog a la mejor fotografía en Lodz. En ella, Anna, una novicia huérfana a punto de tomar sus votos, recibe la visita de su tía, una ex comisaria política denostada por su severidad hacia los enemigos del Régimen. De esta manera, a través de un viaje con fecha de (no) retorno a los pasajes más oscuros de la memoria individual y colectiva del pueblo polaco, asistimos a la dolorosa toma de conciencia familiar, amorosa y espiritual, de una niña y quizás también al derrumbe moral de una adulta en su confrontación con la historia. En su reseña para la revista Cinemanía, el crítico Daniel de Partearroyo convoca el cine de Dreyer al describir cómo “las pupilas oscuras de esta pelirroja contrastada en blanco y negro cargan con su reflejo mientras observan las chispas y tinieblas del mundo vulgar, siempre dejando la parte superior del encuadre para Dios”. Aún ambientada en los años sesenta, Ida es una película atemporal, que nos obliga a mirar al pasado para comprender mejor el presente.