Publicación de la Asociación Europeos

Religiosidad, dignidad y crisis, eje del Certamen

Seminci 2014

Sergio F. Pinilla. Madrid

Religiosidad, dignidad y crisis, eje del Certamen

 

DE LA SEMANA DE VALORES MORALES A CINE DE AUTOR

Regresando a sus orígenes como Semana de Cine Religioso y de Valores Humanos, hubo en esta edición de Seminci una amplia oferta de cine de temática religiosa y transcendental, especialmente en la Sección Oficial. Destacaron La historia de Marie Heurtin, de Jean- Pierre Améris, un elaborado discurso audiovisual acerca del lenguaje y, en última instancia, de la existencia de Dios: el enfoque vaporoso y ese tilt up cenital sobre la lápida de Marguerite así lo sugieren, y especialmente la que se convirtió en Espiga de Plata y Premio del Jurado Joven, la franco- alemana Camino de la Cruz, un via crucis en catorce planos secuencia acerca de una adolescente que se convierte en mártir por una causa superior, siguiendo los dictados que a su conciencia le impone la rígida Sociedad de San Pío X a la que su familia pertenece. Desde la primera secuencia, la composición panorámica y la evolución del plano por montaje interno proporcionan el ritmo tan cadencioso y peculiar que sostiene a esta película dirigida por Dietrich Brüggemann y coescrita con su hermana Anna Brüggemann que, a diferencia de la de Jean- Pierre Améris, termina con un plano contrapicado sobre un cielo castrador y amenazante, capaz de provocar el suicidio de una niña por una exégesis restrictiva de los Mandamientos de la Ley de Dios. No es una película contra la religión, pero sí contra los peligros que implica una mala praxis de sus enseñanzas; por eso, de las catorce estaciones recorridas por Jesucristo durante su camino al Gólgota, se excluye esa decimoquinta que se corresponde con la Resurrección y que está presente en la iconografía de las catedrales de Salamanca y Logroño, por ejemplo, pero es que los personajes de los hermanos Brüggemann no reflejan a un dios de vida, sino a un dios de muerte, y de ahí ese último punto de fuga. Sin embargo, en un acto de contrición, o quizás de piedad cristiana hacia el espectador, los hermanos Brüggemann corresponden el sacrificio de la abnegada protagonista (espléndida la niña Lea van Acken) con la curación de su hermano, lo que en ningún caso sirve de justificación para todo el sufrimiento que hemos visto anteriormente, ni para una muerte que aquí (a diferencia de en La palabra, de C.T. Dreyer), se torna definitiva.

 

 

En el territorio del cine experimental se puede enclavar Lucifer, del belga Gus Van den Berghe, la película más controvertida y peor recibida de la Sección Oficial. El formato, en forma de orla oval, obedece a que el director pretendía “borrar referencias y prescindir del lenguaje visual heredado a la hora de representar el Paraíso, por eso quería ofrecer una idea nueva de ello sin caer en estereotipos, como si tuviese que explicárselo a un ciudadano del siglo XVI”. La película está rodada de manera cronológica en la región de Michoacán (Méjico), en un pueblo junto a un volcán en el que la gente viste de manera arcaica y hay un poste a la puerta de cada casa con un altavoz para conocer las noticias de la comunidad. A Van den Berghe le interesaba la tradición musical, plástica y literaria que mana de la Biblia, porque “hace grande al hombre”, pero Lucifer no es una película moralista, y sí muy perturbadora, de difícil acceso.

 

LA DIGNIDAD EN EL GESTO DE MARION COTILLARD

En el corazón de la cinefilia vallisoletana, los hermanos belgas Jean Pierre y Luc Dardenne han tomado el relevo de los Bergman, Truffaut, Guediguian, o Ken Loach. Dos días y una noche es su película más emocionante hasta la fecha, iluminada además por la cinegenia de Marion Cotillard, quien da vida a una trabajadora amenazada con el desahucio laboral que en el tiempo récord de un fin de semana debe recabar el apoyo de sus compañeros para que renuncien a una prima y poder ser readmitida en su puesto de trabajo. Como bien apuntaron los mismos Hermanos Dardenne y el director de la Semana Internacional, Javier Angulo, la película es toda una lección de dignidad laboral y humana en estos tiempos de crisis económica y de valores, y el personaje de Sandra es en este sentido modélico, no solo por su espíritu de sacrificio (aupado por su marido y por la solidaridad no fingida de alguno de sus compañeros), sino por lo que implica de renuncia derivada de la atención a las razones de los demás. En este sentido, el gesto definitivo, el que refuerza la credibilidad del personaje y el valor moral del filme, se produce cuando Sandra se niega a ser readmitida, una vez que la comunican que uno de sus compañeros, el joven inmigrante que tenía un contrato a prueba, no va ser contratado finalmente (es de suponer que por su implicación con la causa de Sandra). Es por ello que resulta tan reconfortante ese último primer plano sobre el rostro satisfecho de Marion Cotillard, feliz por su victoria al haber creado esos lazos de solidaridad entre sus antiguos compañeros, pese a haber renunciado, de manera implícita (solo lo sabrá el espectador y su marido Manu) al trabajo que finalmente le había garantizado la empresa.

 

 

Según explicaron los hermanos Dardenne en rueda de prensa posterior, el flechazo artístico con Marion Cotillard (nunca antes habían trabajado con una “estrella”) fue la razón que provocó que la protagonista de su guión pasara de ser un médico a una trabajadora con problemas depresivos en una situación límite, tras ser despedida. Marion Cotillard se fundió con Sandra, en este “elogio a la fragilidad humana” y a la dignidad de la lucha de la clase trabajadora que evita caer en maniqueísmos. La crisis económica belga, en palabras también de los cineastas, puede que sea menos virulenta que en España, lo que no quita que, por ejemplo, la tasa de paro juvenil sobrepase el 20% en Bruselas. La película toma como fuente de inspiración la novela Daewoo, en la que el escritor François Bon visita a todas las mujeres que han participado en una huelga y descubre que el principal problema que sufren no es la falta de dinero, sino la soledad que sienten, “porque cuando no se trabaja, nadie se preocupa por ti”. Respecto al dispositivo narrativo de Dos días y una noche, este resulta similar al de Doce hombres sin piedad, la película de Sidney Lumet, porque Sandra tiene que visitar a todos sus compañeros apelando a la solidaridad, pero exponiendo sus razones y sin caer en la súplica. En este sentido, la película es como una road movie con itinerario obligatorio, en palabras de los Dardenne. Desde el punto de vista fotográfico Dos días y una noche es una película menos sombría, más luminosa que sus películas anteriores, incluida El niño de la bicicleta, aunque solo fuera porque se rodó durante el verano, y la luz cambia completamente la atmósfera. El sol pesa en el deambular del personaje, pero la luz la empuja a continuar. Los Dardenne no pretendían que Sandra llevase ropa que la encerrara aún más en sí misma, sino que querían que el espectador viera sus brazos, sus hombros, y por eso decidieron vestirla como alguien que sube a un ring dispuesta a pelear. Una pelea desigual, en la que ese último plano se puede ver como un final feliz, de los pocos (por no decir ninguno) que hay en su cinematografía.

 

 

CRISIS:  CONTEXTOS LABORALES  Y APUNTES MIGRATORIOS

En Las nieves del Kilimanjaro (Espiga de Plata en Seminci 2011), Robert Guediguian ya reflejabla de manera ejemplar la lucha de clases, generacional incluso, que actualmente se está produciendo en el seno de la clase trabajadora. De un lado, los obreros con antigüedad y sentimiento de pertenencia, que han desarrollado hábitos de consumo y de propiedad inherentes a la burguesía, gracias a la conquista de los derechos sociales del pasado siglo, y del otro lado los jóvenes y ya también mayores a los que se les está despojando de todo, a nivel económico y laboral, lo que tiene también consecuencias en los patrones de conducta. En el mejor de los casos, los inmigrantes no cualificados forman parte de este segundo grupo, una vez que han solventado todos los obstáculos que se les pone para tener derecho a residir y también a trabajar en la Unión Europea. Por eso tiene tanto valor Dos días y una noche, película en la que se reproduce a pequeña escala y con lupa de aumento esa dicotomía que siempre se da en el seno de la empresa entre los que prefieren salvaguardar los derechos adquiridos, aun de manera injusta, y los pocos que siguen apostando por reforzar los lazos de compañerismo y solidaridad humana. Los Hermanos Dardenne han sido profundamente moralistas (o realistas) en el reparto de roles, al apostar por los personajes de Timur y Alphonse (un trabajador de origen turco y un inmigrante del África negra, respectivamente) a la hora de implicarse en la legítima aspiración de Sandra de recuperar su trabajo. En el caso de Timur, lo que hace es corresponder el trato recibido por Sandra anteriormente en la empresa, pero en el de Alphonse es un puro acto de generosidad, de compañerismo desinteresado, aún a costa de quedar expuesto con el resto de sus colegas y superiores. Quizás, solo el que llega desde otra cultura alejada de nuestros valores capitalistas, pueda ser capaz de expresar estos actos de amor, de conmiseración humana.

No tuvo la Seminci (al menos la Sección Oficial), grandes películas sobre la problemática migratoria, pero bastaron esos gestos, estos apuntes, que también se dieron en el documental de Paul Lacoste, Vendages (Vendimia), exhibido dentro de la sección “Tiempo de Historia”. Se trata del retrato coral de una cuadrilla de vendimiadores durante el periodo de recogida en el sur de Francia, y empieza constatando cómo en los últimos años el perfil y la nacionalidad de los trabajadores temporeros ha cambiado, ya que si antes bien era un trabajo reservado para estudiantes y trabajadores venidos de fuera (rumanos y norteafricanos fundamentalmente), con la crisis se ha convertido en oportunidad y desahogo para los propios súbditos de la República francesa, y de la Unión Europea por extensión. La película puede definirse como un adagio otoñal protagonizado por temporeros sin horizonte más allá que el de su propia supervivencia, en gran parte gracias a la banda sonora de Olivier Cussac y a una estupenda fotografía.

Se puede decir que la única película que abordó frontalmente la problemática migratoria fue Risse im Beton (Grietas en el hormigón), del director austriaco de origen turco Umut Dag (La segunda mujer), aunque lo hace desde una óptica familiar y en una Viena desconocida de delincuencia y exclusión, despertando ecos de películas como American History X, Un profeta, o la española Alacrán enamorado, aunque por el tono de la violencia a veces la película se aproxima más a un chernuka del tipo Brother, de Balabanov.

 

 

También en un contexto de crisis económica y en clave de ciencia ficción low cost se presentó la interesante El arca de Noé, una especie de Safety not guaranteed, pero como la depauperada realidad española como telón de fondo. Está ambientada en un inminente 2020, en el que se escucha por radio a los políticos de siempre alentando sobre la recuperación económica. El mismo cuento chino para un realidad palpable de desolación, paro y sexo de extrarradio. Pero “El lobo”, “El oso”, y “El avestruz” son personajes con la melancolía y el encanto suficientes para cambiar la desoladora percepción del mundo que les rodea, de ahí esas imágenes volcadas y ese viaje al pasado que, en realidad, no cambia nada.

Y finalizamos este somero repaso a la Semana de cine pucelana, con otra distopía, en esta ocasión en formato cortometraje dirigido por el escritor y economista barcelonés Fernando Trías de Bes. La gran invención se ambienta en el décimo aniversario de la disolución de la Unión Europea, en el 2027, tras descubrirse que la dominación económica de la zona euro por Alemania obedece en realidad a un plan diseñado por el Tercer Reich. La película tiene sorpresa final en forma de colonización china, y utiliza la música de  Bach, en palabras de Trías de Bes, porque fue a partir de Bach cuando se fijaron todas las leyes armónicas que permanecieron después en la música clásica. “No hay evolución armónica sin dolor”, explicó y probablemente sea allí donde se encuentre explicación a la paradoja del pueblo alemán, capaz de crear lo más sublime y lo más abyecto. Suframos pues.