Ventana Europea nº 123

VENTANA EUROPEA 9 Febrero 2022 En Europa hay muchos signos de esperanza, mu- chos más que de odio y violencia. Millones de pa- dres y madres se levantan cada día buscando un fu- turo mejor para los suyos, millones de profesores, de educadores, buscan cómo generar una cultura crítica de la vida y de la realidad en sus alumnos, educando en el respeto y la diversi- dad, millones de médicos, policías, basureros, bom- beros… intentan hacer de las ciudades, de los pue- blos, espacios sanos, lim- pios, seguros donde con- vivir, encontrarnos y jugar en nuestras plazas… Mi- llones de líderes políticos, religiosos, comunitarios, que se desviven por sus co- munidades y feligreses, su- mando en la arena pública, soñando y generando las bases de una ciudadanía inclusiva y de sociedades solidarias, donde se respi- re paz. Colectivos que apo- yan y se desviven salvando vidas y cuidando en nues- tra frontera sur o acompa- ñando a los refugiados en- tre Bielorrusia y Polonia, o en Calais. Personas que cada día apuestan por vivir juntos en nuestros barrios e instituciones. El miedo ante lo nue- vo es algo que no podemos controlar. Podemos decir que es lícito sentir temor cuando salimos de nues- tra zona de confort, cuan- do abrimos nuestro campo de acción, cuando gestio- namos otras ideas, cuando compartimos con otros un mismo espacio, etc. Ante esa ansiedad, existen ten- dencias que buscan sim- plificar, caminando ha- cia un horizonte homo- géneo y unidimensional. Miran sobre todo el corto plazo y una respuesta “fá- cil”. Pero nos vamos dan- do cuenta que si construir muros, además de simplifi- car nuestra vida, ayudara a crecer como sociedad, este elemento sería la solución definitiva a la convivencia. Sin embargo, en la actua- lidad, esta solución corto- placista “rompe aguas” por todos lados. Lo queramos o no, la diversidad es al- go constitutivo de nuestra existencia. Si miramos en nuestros propios contextos, rara es la familia que no tiene al- guno de sus miembros que ha tenido que emigrar en al- gún momento de su histo- ria. Situaciones económi- cas muy complicadas que no permiten un futuro para los más pequeños de la ca- sa, violencia generalizada o conflictos armados, desas- tres naturales, una situación política y social insosteni- ble… Todos conocemos es- ta realidad en mayor o me- nor medida. En el fondo, todos somos migrantes, pe- regrinos en un camino que van construyendo nuestras familias, pueblos y nuestra humanidad. Todos sabemos que na- die deja su tierra, arriesga la vida de sus hijos, abandona todo lo que tiene –hasta sus propias raíces– por gusto. ¿Qué tendrá que pasar en la vida de una persona para que tenga que dejar lo más querido atrás en la búsque- da de un futuro digno, en ocasiones para no perecer? ¿Nos lo hemos planteado? ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿De verdad que la única solución para vivir juntos es alimentar el mie- Historias habitadas de hospitalidad Hamed y Ana son dos amigos que conozco desde hace muchos años. Ellos no se conocen entre sí, pero los dos han vivido unas vidas donde la hospitalidad ha generado un milagro especial. Hamed dejó su tierra en Costa de Marfil hace años buscando un futuro para él y su familia. Todos hemos oído las vicisitudes de atravesar miles de ki- lómetros de desierto, las extorsiones, el ver peligrar su vi- da,… para aparecer en las costas de Canarias, pues no pu- do encontrar ninguna vía legal y segura que le permitiera llamar a la puerta de Europa. El sueño de Hamed era for- marse y convertirse en un buen chef, para ayudar a los su- yos y volver a su país, montar un restaurante, que le die- ra un futuro a su familia. Con él tuve la suerte de vivir en la comunidad durante unos años. Una comunidad de hos- pitalidad donde se propicia que todos podamos crecer y encontrar nuestro espacio de crecimiento. Hamed con los años pudo legalizar su situación, se convirtió en un buen chef y también diría que, en una gran persona, abierta a la realidad y a las necesidades de la gente. Hamed aho- ra trabaja en un prestigioso restaurante de Madrid. Los comienzos no fueron fáciles, pero ahora tiene ya jorna- da completa y un futuro por delante. En su tiempo libre, que no es mucho, sigue colaborando con el Centro Pue- blos Unidos, una institución del Servicio Jesuita a Migran- tes España, y que forma parte de la red del JRS Europe. Ana nació en El Salvador y de pequeña se vio obligada junto a su familia a dejar su tierra y emigrar. La violencia, la extorsión y las maras estaban asestando un duro golpe en su región, donde a diario se cobraba la vida de mucha gente joven. La familia de Ana se las vio y se las deseó pa- ra salir adelante, con situaciones muy complejas en el se- no de la familia, con ausencia de la figura paterna,… Con tesón y esfuerzo, y también con el apoyo de la comunidad parroquial fue saliendo adelante, siguiendo sus estudios en un centro escolar de un barrio popular al norte de Bos- ton. En Sommerville fue gestando su futuro. Allí nos co- nocimos durante años. Con el tiempo pudo incorporarse a trabajos auxiliares en una universidad, Boston University y ahora como supervisora en los laboratorios de la misma universidad, dentro de la Facultad de Medicina. Casada y con dos niños, y un futuro por delante, que también com- parte con su esposo y el apoyo a la comunidad a través de la parroquia donde se crio. 

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