Ventana Europea | Nº 110 Junio 2017
VENTANA EUROPEA 25 Junio 2017 mos del coche, Inés ya pudo ver cómo unos ojos se alegraban de su (nuestra) visita. La casa está pensada para fami- lias y mujeres, al lado hay un barracón que comparten 25 hombres eritreos, se- gún me explicó Inés. Al entrar, un grupo de niños corrie- ron hacia nosotras y se abrazaron a mi hija, que –para mi asombro–, era co- mo si la conocieran desde hacía mucho tiempo. Mi primera impresión al entrar allí no fue tan mala a pesar de las con- diciones de la casa: humedades, des- perfectos, fuerte olor a comida y a ta- baco... Nos recibió una mujer joven, con un aspecto muy cuidado pero con una mirada en la que se adivinaba tristeza y preocupación. Pasamos al salón don- de nos ofreció un café y allí me explicó que ellos hablaban “el alemán de los re- fugiados”. Es su “salón particular”, de- corado con muebles reciclados, que se lo ha ganado por ser la que más tiempo lleva allí. En la cocina de al lado, una mujer eritrea cocinaba algo para su fa- milia. A “María” le temblaban las ma- nos y mi hija preguntó qué le pasaba. Nos confesó que tenía miedo, que ha- bía huido de su país, de un marido que la maltrataba y había sabido que la es- taba buscando. Al cabo de un rato, llegó una niña rubia, con gafas, de aspecto nórdico que nos dijo que su madre había pre- parado algo para nosotras. Así es como pude conocer a la familia de “Victoria”. Era una habitación de unos dieciséis metros cuadrados, acogedora, llamaba la atención una enorme cama. Sobre el armario varias maletas, como si siem- pre estuvieran preparadas para salir ha- cia otro destino. Victoria, originaria de un país del este, madre de cinco hijos, había preparado todo un festín: arroz con guisantes y zanahorias, té y dulces. Estaba feliz de recibir a alguien en do- mingo (le recordaba los domingos en su país donde siempre se reúnen las fami- lias). Su marido, un hombre alto y for- nido de aspecto muy amable, llegó algo más tarde. “Juan” nos contó que forma- ba parte del ejército de su país pero de- cidió unirse a la oposición y luchar en favor de la democracia. Ahora es perse- guido por el ejército, tuvo que dejar una vida cómoda y huir con su familia. Para rebajar la tensión, “Victoria” le muestra orgullosa un vestido sencillo, pero a la vez elegante, que compró en el merca- do de segunda mano por cinco francos. Ella tiene que ir al psicólogo semanal- mente, pero de lo que más feliz se sien- te es de poder dormir por fin sin miedo durante toda la noche. Me sentí bien entre ellos, un poco avergonzada por la generosidad que es- taba recibiendo, consciente de que ca- recen de recursos. El estado suizo les requisa el dinero que traen porque los refugiados deben participar «en la me- dida que les sea posible, en los costes que generan al estado y también tie- nen que pagar, a la larga, el dinero que reciben de ayuda social“. Reciben al día veinte francos para todos sus gas- tos. Me parecía increíble que quisieran compartir conmigo lo poco que tienen. Mi pensamiento, a lo largo de la tar- de, eran los niños. “No es un sitio para niños”, me decía, una y otra vez. Cuan- do van a la escuela no creo que ten- gan el valor de decir a alguno de sus compañeros: “te invito a merendar en mi casa“. Estoy convencida de que se sienten diferentes, que lo saben y eso me preocupa. Es verdad que los más pequeños parecen ajenos a ello, no han perdido ni la inocencia ni la sonrisa. atravesando los puentes Todos los días doy gracias a Dios por todo lo que tengo y me rodea. Doy gracias a mi hija por haber construido conmigo este puente, un puente que quizás nos lleve a construir otros mu- chos. Gracias por haberme sensibili- zado de forma especial con esta nue- va “emigración“ que ahora conozco un poco más. Gracias a “Juan”, “Victoria”, “María” y otras tantas personas anóni- mas por hacerme partícipe de sus vidas y quitarme un montón de prejuicios. No hay duda alguna: son personas co- mo nosotros, familias que esperan tener una oportunidad de ganarse la vida, de huir de las dictaduras, las guerras, la bar- barie... Rotundamente: no son intrusos. Animo a todos a conocer un poco más de cerca a estas personas que vie- nen a diario a nuestros países, a intere- sarse por sus historias, a tratar de com- prender y –sobre todo– animo a seguir “Construyendo Puentes”.También quie- ro darte las gracias a ti lector por haberte tomado el tiempo para leer este artículo. En muchos pueblos africanos se saludan diciendo: Sawubona (que significa: Te veo ) y se contesta: Ngikhona (que sig- nifica: Estoy aquí). Que nunca cerremos nuestros ojos, que no desviemos nuestra mirada. Que atravesemos los puentes y construyamos cultura de encuentro.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NTQ2OQ==