Ventana Europea | Nº 111 Octubre de 2017
24 VENTANA EUROPEA Octubre 2017 PUNTO DE VISTA > C onocía cómo llegaron con ansiedad y esca- sez. Era gente decidi- da y valiente que tenían la seguridad de que se abrirían paso a pesar de la lengua distinta y del clima gris y me- lancólico de su nuevo país. Cuando llegaron, se ayudaban entre sí y la comunidad cristiana les acogía. Había trabajo y el Estado los tenía en cuenta y no ponía trabas. También los necesitaba. Los hijos co- menzaban a ir a un colegio distinto de sus escuelas de antes y en cuatro meses dominaban el francés. Con es- fuerzo, iban consiguiendo su propósi- to: vivir algo mejor. Y sentían todos la alegría del corazón. Había mereci- do la pena dejar aquella casa del pue- blo, aquellos prados, los viejos ami- gos de siempre. Hoy aquellos ya son abuelos que disfrutan de sus nietos, nacidos en Bélgica. Viven y sonríen porque han tenido suerte. Otros han fallecido pe- ro sus hijos siguen agradeciéndoles lo mucho que hicieron, y nunca los olvidan. Aquel paso arriesgado les dio fortuna. Fueron a la universidad, aprendieron con soltura su oficio, se han casado y viven sin lujos pero con humanidad y en familia. Aquel riesgo de los padres valientes valió la pena. A lo largo del año, celebraban sus fiestas y sus tradiciones. Tocaban las gaitas y bailaban. Un día al año tenían un detalle con su Patrona e invitaban a la Santina a que diera un paseo por las calles y conociese sus casas. cambio de escenario Hoy ha cambiado el escenario. Los personajes del primer acto siguen actuando en el acto segundo, pero ya son menos y tienen dificultades para moverse. Apenas hay jóvenes en es- cena. Están muy ocupados y no les importa mucho perder tradiciones he- redadas. No las necesitan. Algunos frecuentarán los bares y tomarán sus vasos de amistad, comentando his- torias y riendo juntos. Otros, ni eso siquiera. La modernidad se ha adue- ñado de su presente y ha podido con costumbres y fiestas guapas. Con todo, alguna que otra vez, se oyen las gaitas y algunos bailan. La iglesia ya no es lugar de encuentro. Tal vez, cuando hay duelo y tristeza. Bastantes han dejado el barrio y la parroquia de El Rastro ha perdido puntos y se ha vuelto más humilde, como escondida. Algunos acuden para bautizar- se y a otros los traen antes de ente- rrarlos. Otros servicios, ya no inte- resan. Paulatinamente pierden cono- cimientos e ignoran lo importante. Pero ellos dicen, ¿para qué? Puedo vivir bien sin eso. No necesito acer- carme, reunirme con nadie ni rezar, ¿qué es eso? Muchos de los emigrantes prime- ros daban cuerpo a la comunidad cris- tiana viviente de aquellos años difí- ciles. Hoy los que hubieran podido seguir, han elegido no hacerlo. Para muchos, la Iglesia ha dejado de ser necesaria. No tiene mensaje de gra- cia. Repite una historia que ellos sa- ben mal y que no les convence. El bautismo es un deseo de la abuela a quien hay que dar gusto, pe- ro no habrá continuidad ni conversión de nada. Los que se casan por la Iglesia ig- noran qué pueda ser un sacramento. Pocos, cuando mueren pasan por la iglesia. Impresiones de un pastor desde Bruselas estas generaciones nuevas miran con humanidad Vivo en Bruselas desde hace casi diez años. Me lo ofrecieron. Acepté, aunque me reconocía mayor para el trabajo que se me encomendaba. Con todo, me animé a venir. Sabía que yo nunca había vivido las penas y estrecheces de los emigrantes, que era la mayor parte de la gente que me esperaba. Jorge Puig. Bruselas
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