Ventana Europea nº 124
24 VENTANA EUROPEA Junio 2022 PUNTO DE VISTA > H ace un tiempo compré en la mañana zumo fresco. En el supermercado, en una de esas máquinas expendedoras. Tenía tanta sed que inmediatamente fui a beberlo, nada más sacarlo de la má- quina expendedora, y descubrí que ha- bía una naranja podrida entre las naran- jas de mi zumo, así que el zumo estaba podrido. No quería pagarlo, pero ya ha- bía bebido de él y ya no sabía qué ha- cer. Lo guardé en mi bolso mientras es- peraba en la caja registradora. Frente a mí había una mujer de pe- lo y ojos castaños. Llevaba unos panta- lones fluorescentes, como los que usan los obreros de construcción, y también una chaqueta fluorescente. El traje era tan grande que parecía que estaba ves- tida con una caja rectangular naran- ja, con su bonita cara encima. Eran las ocho y cuarto de la mañana y compró cuatro bebidas energéticas que costa- ban 1,97 euros en total. Intentó pagar con tarjeta, pero no pudo; entonces dijo “es demasiado temprano, es demasiado temprano”. Luego metió la mano en el bolsillo y empezó a contar las monedas de su monedero, donde todo el mundo pudo ver enseguida que nunca llegaría a 1,97 euros, pero ella siguió contando, como si ese conteo hiciera que se dupli- cara. Tal vez había leído una vez algo así sobre los panes y los peces. El cajero llamó a su supervisor y le dije que lo pagaría yo. El cajero me miró y luego dijo: “un acto de miseri- cordia”. Y justo después dijo: “Así que oye, hace tiempo que no digo eso, mi- sericordia”. Cuando más tarde se lo conté a al- guien, le dije que quizá lo pagué por- que tenía miedo de que me pillaran con ese zumo podrido que no iba a pagar. Y por eso pagué sus bebidas energéticas. Y que entonces el cajero pensó que yo estaba siendo misericordiosa. La ver- dad es que no pensaba en absoluto que me iban a pillar con el zumo, pero aun así tenía la tendencia a fingir que lo que había hecho no era misericordioso. Casi nunca veo la misericordia a mi alrededor, porque cuando la veo, siem- pre la relaciono con otra cosa. La evo- lución, el cerebro, el egoísmo oculto... Pero creo, absolutamente, que la mise- ricordia existe. Los más pequeños En el evangelio de san Mateo, una de las frases más bonitas, más enjun- diosas del texto, para mí, es: “En ver- dad os digo que en cuanto habéis hecho esto a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo habéis hecho”. La pregunta que me plantea esta fra- se es: ¿Quién es realmente nuestro her- mano más pequeño? No creo que estos sean los refugiados de Ucrania. No re- cuerdo un momento en mi vida en el que se hubiera dado una ofensiva de re- cepción tan gigantesca. Nunca antes se había recaudado tanto dinero con el giro 5551, ni con el 1212 de Ucrania. Por comparar: el giro 555 recaudó 700.000 euros para la gue- rra de Irak y ahora lleva 106 millones de euros y sigue subiendo. Es realmente sorprendente verlo. En Zaandam también se acoge a los refugiados en los hoteles, en las casas de la gente. (Y eso es totalmente inédi- to para una ciudad en la que el partido –político– para la tercera edad y la se- guridad es el más grande). Es importante, es necesario y creo que ocurre porque podríamos haber si- do nosotros. Ucrania no está lejos. A veces leo artículos cínicos al respecto en el periódico, pero yo no soy tan cí- nica al respecto. Creo que es lógico y bueno que haya tanta buena voluntad ahora, y no creo que tenga que dejar claro a nadie aquí que ahora podemos y debemos hacer algo por el pueblo de Ucrania y que debemos mostrar la so- lidaridad europea con todas las conse- cuencias perturbadoras de esta guerra. Creo que la pregunta es más bien –y esto es con lo que nos confronta es- te texto– ¿quiénes son nuestros más pe- queños, los que estaban en medio de nosotros pero no los alimentamos? En los últimos años, he llegado a pensar de manera muy diferente sobre la cuestión de quiénes son nuestros más pequeños. La respuesta parece sencilla, pero cómo podemos ser misericordiosos con estos más pequeños no lo es tanto. Animales, insectos, plantas, hongos... Los más pequeños son: toda la vida no-humana. Animales, insectos, plan- tas, hongos, musgos... Esta vida no es- tá protegida, o apenas lo está, esta vida no tiene derechos y aun así considera- mos toda la vida no-humana como al- go que podemos explotar. Y eso es lo que ocurre. Para ponerlo en perspectiva, una empresa –que al fin y al cabo es una abstracción, al menos no tiene cora- zón– goza de más protección jurídica y derechos que un chimpancé. Y no so- ¿Quiénes son nuestros más pequeños? Misericordia, ¿palabra en desuso? En el mundo secular donde suelo pasar el rato la palabra mise- ricordia no se utiliza. Incluso me atrevería a decir que la palabra crea desconfianza, así como el altruismo o el gutmensch des- piertan sospechas. Rebekka de Wit . Zaandam (Holanda)
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