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Las migraciones en Europa hoy
Muchos ciudadanos de países no miembros de la UE son “trabajadores esenciales”

<span style='color:#27509b;font-size:18px;font-weight:500;'>Las migraciones en Europa hoy</span><br> Muchos ciudadanos de países no miembros de la UE son “trabajadores esenciales”

Hablar de migración hoy es hablar de nosotros mismos. Una de las grandes encrucijadas a las que se enfrenta nuestro mundo en los próximos años es la gestión de la diversidad. Vemos cómo el éxodo del campo a la ciudad, los desplazados climáticos o las personas que huyen por conflictos o guerras, son un continuo a lo largo y ancho de nuestro planeta. Millones de personas buscan un futuro mejor para los suyos y eso en ocasiones les hace atravesar las fronteras de nuestros países. Europa no vive de espaldas a esta realidad. Percibimos un aumento de la visibilidad de la realidad migratoria en Europa en estos últimos años.

Alberto Ares Mateos. España
Fotografías: Hospitalidad/SJR

La realidad de las migraciones y el refugio es una de las grandes encrucijadas en nuestro mundo. La globalización y el aumento de la desigualdad ha provocado que las migraciones hayan cobrado unos matices esenciales. Además, nuestro viejo continente y buena parte del mundo occidental necesita de personas que estén dispuestas a caminar juntos y a soñar un futuro con esperanza. Europa, un continente de emigrantes e inmigrantes a lo largo de su amplia historia, donde se firmó la Convención de Ginebra sobre el estatuto de los refugiados, está viviendo en estas últimas décadas este fenómeno con fuertes tensiones, que lejos de significar grandes números (8% de la población total) sí está generando un amplio debate político y social.

¿Cuál es la realidad migratoria en Europa?

La Unión Europea tiene una población de 447,3 millones de habitantes según datos del Eurostat. De los cuales, cerca de 37 millones han nacido fuera de la UE, es decir, un 8,3% del total de la población. Si comparamos esta proporción es notablemente inferior a la de la mayoría de los países de renta alta. (Ver Gráfico 1).

¿Cuáles son las principales razones para emigrar a Europa?

Según los datos de las personas con permiso de residencia, el 56% han venido a Europa por motivos familiares o de trabajo. De hecho, el 39% lo hicieron por la familia y el 17% por motivos laborales. Por lo tanto, el principal motivo del traslado a la UE es familiar. Solo el 9% lo hace por necesidad de pedir asilo en Europa. (Ver Gráfico 2).

Gráfico 1. Fuente: Eurostat, OCDE, UNDESA, datos de 2020.

Gráfico 2. Fuente: Eurostat.

¿Dónde trabajan las personas inmigrantes?

En 2020, de los 188,9 millones de personas de entre 20 y 64 años activas en el mercado laboral de la UE, 8,7 millones eran ciudadanos de países no miembros de la UE, el 4,6 % del total. En este tiempo de pandemia hemos caído en la cuenta de que muchos ciudadanos de países no miembros de la UE son “trabajadores esenciales”.

Los ciudadanos de fuera de la UE estaban sobrerrepresentados en algunos sectores económicos específicos, como son la hostelería y la restauración, limpieza y ayuda doméstica, servicios y cuidados personales, la construcción, actividades mineras y en general trabajos poco cualificados. En resumen, están realizando los trabajos en los cuales necesitamos mano de obra, y en los cuales nosotros por lo general, no queremos trabajar.

¿Por qué necesitamos la inmigración?

Nuestra Europa envejecida necesita compensar la perdida de población, que afecta de una manera especial a nuestro mercado laboral. La comisaria Ylva Johansson ha enfatizado la necesidad que tiene la Unión Europea de personas inmigrantes. (Ver Gráfico 3).
Según datos de Eurostat, si prosiguen las actuales tendencias, la población de la actual UE se habrá reducido para final de siglo en 30 millones. Los países más afectados por estas tendencias demográficas son Alemania, Italia, Polonia y Rumania. Algunos expertos del CIDOB hablan que Europa necesita 60 millones de inmigrantes para sobrevivir. (Ver Gráfico 4).

¿Cuántos refugiados hay en Europa?

Podemos comenzar diciendo que el porcentaje de refugiados en la UE es un 0,6% del total de la población. La UE recibe el 10% de todos los refugiados del mundo y solo un pequeño número de los desplazados internos.

Es bueno tener en cuenta, que la mayoría de los refugiados procedentes de África y Asia no vienen a Europa, sino que se instalan en países vecinos. En 2020, los solicitantes de asilo procedían de casi 150 países. En la UE se presentaron en 2020, 472.000 solicitudes, de las cuales 417.000 se presentaban por primera vez, lo que supone un descenso del 33 % con respecto a 2019.

¿Cuál es la proporción de personas migrantes que llegan irregularmente a Europa?

El porcentaje de personas que entran irregularmente a Europa es de menos del 5%, si comparamos con los números totales de personas migrantes que entran regularmente. En el año 2020, frente a los 2.500.000 de entradas regulares, tenemos 125.100 cruces irregulares de fronteras (Eurostat). (Ver Gráfico 5).

Gráfico 3. Fuente: Eurostat.

Gráfico 4. Fuente: Eurostat.

Gráfico 5. Fuente: Eurostat.

Por lo tanto, no podemos hablar de invasión o de crisis, porque estos términos no dan cuenta de la realidad, con los datos en la mano.
¿Está aumento la xenofobia en Europa hacia los inmigrantes?

Las sociedades buscan explicar y culpar del malestar social buscando chivos expiatorios, y los inmigrantes están pagando injustamente esta situación, pues en términos netos aportan mucho más de lo que reciben, además de vivir situaciones de mayor vulnerabilidad y desventaja. El aumento de los nacionalismos y el cierre de las fronteras está alimentando esa fobia hacia los migrantes, aunque hemos de decir que hay también un movimiento social, sensible a las necesidades y a la realidad de estas personas migrantes y refugiadas.

Creo que vivimos un fenómeno que está afectando a nuestro mundo, no es solo una tendencia de nuestro país. Creo que las causas son diversas y es necesario reflexionar seriamente qué implica y a qué tipo de sociedad nos empujan estas ideologías.

Los estudios más rigurosos de las grandes universidades mundiales, los organismos internacionales, los datos del ministerio, todas nos dicen que la migración es positiva para nuestras sociedades y desmontan muchos de los estereotipos y falacias que enuncian a fuerza de meme o de tweet los que intentan instrumentalizar las migraciones para sus intereses políticos.

Tenemos que asumir el coraje no solo de decir la verdad, sino de defender los derechos de las personas más vulnerables en nuestra sociedad: “En algunos lugares, defender la dignidad de las personas puede significar ir a prisión, incluso sin juicio. O puede significar la calumnia.” Papa Francisco (Derechos fundamentales, 6 de abril de 2021).

El malestar social no tiene su verdadera raíz en la inmigración, sino en la brecha social que vivimos, principalmente a partir de la crisis del 2008, en la cual se ha ido gestando un grupo social en la base de nuestra pirámide cada vez más numeroso y más precario, formado por personas nativas y también por personas de origen migrante. Utilizar e instrumentalizar la inmigración como chivo expiatorio significa estigmatizar aún más a un colectivo que vive situaciones más complejas que la media de la población su integración social. Atajar el malestar significa promover políticas comunitarias universalistas que palíen las verdaderas causas que lo provocan.

¿Cuál es la situación de la política europea sobre migración y refugio?

Me gustaría decir que Europa ha hecho y hace muchas cosas buenas en el ámbito de las migraciones. El Nuevo Pacto sobre Migración y Asilo, y el Plan de acción sobre integración e inclusión 2021-2027, están destinados a fomentar la participación e inclusión en la sociedad europea de las personas de origen migrante. Dicho esto, nuestra Europa fragmentada, en los documentos sí hace una apuesta, pero en la práctica seguimos anteponiendo los intereses particulares, económicos, sobre la salvaguarda de los derechos fundamentales de las personas. Seguimos construyendo muros más altos, criminalizando a los defensores de derechos humanos y externalizando nuestras fronteras, mientras descuidados una verdadera gestión de la diversidad dentro de nuestras sociedades, que favorezca la cohesión social y fomente una sociedad inclusiva y sin prejuicios. Nos estamos jugando el futuro de Europa.

Mirando hacia atrás, en 2021 parece que el tiempo se ha detenido. Las negociaciones sobre el Nuevo Pacto de Migración y Asilo apenas han avanzado, al igual que los derechos de los numerosos hombres, mujeres y niños que se ven obligados a huir de sus países y buscan refugio en Europa.

Los rechazos y las muertes en las fronteras exteriores de la UE siguen siendo una realidad cotidiana. Las personas que buscan protección son tratadas como amenazas a la seguridad, ahora más que nunca.

¿Qué ocurre en nuestras fronteras?

La falta de una política comunitaria bien coordinada, donde se primen las vías de entrada seguras y legales, está provocando que nuestras fronteras se conviertan en ocasiones en lugares de sufrimiento y muerte. El Mediterráneo ve como año tras año ve aumentan las cifras de personas que mueren en sus aguas.

El Mediterráneo es un buen icono para mostrar cómo en las grietas del sistema los más pequeños se quedan atrapados, como los descartados de nuestro mundo tienen que arriesgar su vida y la de los suyos. “Cada ser humano tiene derecho a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país”. Papa Francisco (Derechos fundamentales, 6 de abril de 2021).

No podemos seguir sosteniendo esta situación en la que tantas personas mueren y en la que naufragamos como sociedad. El papa Francisco compara el Mediterráneo actual con “un frío cementerio sin lápidas”, con un “espejo de muerte”, con un “desolador mare mortuum”. “Les suplico: ¡detengamos este naufragio de civilización!”.

La geopolítica está además instrumentalizando las migraciones como moneda de cambio. Este elemento se ve claramente latente en los acuerdos de externalización de fronteras o en los conflictos entre estados. Hemos visto en estos últimos meses de una forma recurrente esta situación en diversos puntos de nuestras fronteras, desde las Islas Canarias, junto a Ceuta y Melilla, pasando por las costas libias o las islas griegas, el paso de Calais entre Francia y Gran Bretaña o la frontera bielorrusa con Polonia, entre otros.

El papa Francisco en su visita a Chipre y Grecia denunció la realidad que viven tantas personas vulnerables en las fronteras y las prácticas que ponen el foco en la seguridad y en políticas proteccionistas que implementan muchos de nuestros países: “El futuro solo será próspero si se reconcilia con los más débiles. Porque cuando se rechaza a los pobres, se rechaza la paz. Cierres y nacionalismos –nos enseña la historia– llevan a consecuencias desastrosas… Que no se vuelvan las espaldas a la realidad, que termine el continuo rebote de responsabilidades, que no se delegue siempre a los otros la cuestión migratoria, como si a ninguno le importara y fuese solo una carga inútil que alguno se ve obligado a soportar”.

Asimismo, lamentó cómo en Europa actuamos insolidariamente, mirando para otro lado ante el sufrimiento de los más débiles, atrapados en el miedo y en los muros: “Debemos admitir amargamente que este país, como otros, está atravesando actualmente una situación difícil y que en Europa sigue habiendo personas que persisten en tratar el problema como un asunto que no les incumbe… Es triste escuchar que el uso de fondos comunes se propone como solución para construir muros. Ciertamente, los temores y las inseguridades, las dificultades y los peligros son comprensibles. El cansancio y la frustración, agudizados por la crisis económica y pandémica, se perciben, pero no es levantando barreras como se resuelven los problemas y se mejora la convivencia, sino uniendo fuerzas para hacerse cargo de los demás según las posibilidades reales de cada uno y en el respeto de la legalidad, poniendo siempre en primer lugar el valor irrenunciable de la vida de todo hombre”.

¿Aumentará la migración hacia Europa?

Lamentablemente, las causas que generan los movimientos migratorios forzosos son persistentes, como los conflictos, los desastres naturales, la desigualdad o el cambio climático, entre otros.

La crisis generada por la pandemia seguirá azotando especialmente a los más vulnerables, con las fuertes asimetrías en la vacunación. Muchas de estas causas castigan diversos puntos en los distintos continentes, que seguramente seguirán cebándose con la herida abierta en Afganistán, los conflictos en Etiopia, la violencia en Libia y en otros rincones del continente africano, o la realidad de Centroamérica.

2022 seguirá siendo un año de inestabilidad, con grandes turbulencias en el mercado de la energía, cuellos de botella en los abastecimientos comerciales, el impulso a la transición ecológica, un Irán cercano a la bomba nuclear, las tensiones entre EEUU y China, y un Afganistán en manos de los talibanes.

Por estas y otras razones, el año 2022 seguirá viendo estos flujos migratorios, tan antiguos como la humanidad, en su éxodo hacia nuestras sociedades, también la europea.

¿Cómo vivir juntos?

En este último tiempo tenemos puesto el foco en las fronteras, que, junto al miedo, es lo que parece dar rédito político. Hay como una gran cortina de humo que nos impide ver que lo verdaderamente importante y urgente es la acogida y la integración. La realidad con los datos en la mano, no lo que vemos en los titulares de las noticias, es que vivimos en una Europa diversa en la que convivimos personas con distintos orígenes. La gran pregunta que nos deberíamos hacer es cómo gestionamos nuestra diversidad. ¿Cómo vivir juntos?

En muchas ocasiones nos movemos entre dos extremos. Los que ven en lo diverso una amenaza, y la única solución para la convivencia en un refuerzo de la identidad nacional y de las fronteras; y aquellos que descubren en la diversidad una oportunidad para nuestras sociedades plurales, en las cuales el acento se centra en la acogida y la integración, sentando las bases de una verdadera cohesión social.

Hoy en día, este debate está a flor de piel en muchos rincones de nuestro continente. El refuerzo de nuestras políticas comunitarias de seguridad, la construcción de muros, la presión de refugiados y migrantes en la frontera sur o este, los conflictos en algunos países africanos o de Medio Oriente, el éxodo del pueblo afgano o venezolano huyendo de la violencia, del hambre y de una ausencia de horizonte vital, los conflictos en diversos barrios con alto grado de diversidad cultural de las grandes urbes, las maras y la violencia generalizada entre algunos colectivos en Centro América… todas parecen señales de que no podemos vivir juntos. Y, escudados en estas señales, sembramos de miedo y de odio nuestros contextos más cercanos, jugando el mismo juego de la violencia y de cerrar filas, en lugar de preguntarnos por las causas, intentando revertirlas.

De este modo, generamos mecanismos de exclusión que asocian al pobre, al extranjero, al que es distinto a mí, como el terrorista o violento; en el fondo abriendo una brecha cada vez más acuciada entre ricos y pobres, entre “legales e ilegales”, y así un largo etcétera. Todo para perpetuar un sistema que mantiene a un estrato social cada vez más pequeño, controlando el poder económico, político y de manejo de la información, entre otros.

Pero, aunque no salgan en los titulares de los periódicos, hay personas que no buscan la fuerza y la violencia como el camino a seguir en contraposición al miedo y el odio, que descubrieron en el encuentro, en la integración, en la construcción de puentes y de vínculos, en el amor, un camino sólido para la convivencia social, para la gestión de la diversidad y para el desarrollo de la humanidad.

En Europa hay muchos signos de esperanza, muchos más que de odio y violencia. Millones de padres y madres se levantan cada día buscando un futuro mejor para los suyos, millones de profesores, de educadores, buscan cómo generar una cultura crítica de la vida y de la realidad en sus alumnos, educando en el respeto y la diversidad, millones de médicos, policías, basureros, bomberos… intentan hacer de las ciudades, de los pueblos, espacios sanos, limpios, seguros donde convivir, encontrarnos y jugar en nuestras plazas… Millones de líderes políticos, religiosos, comunitarios, que se desviven por sus comunidades y feligreses, sumando en la arena pública, soñando y generando las bases de una ciudadanía inclusiva y de sociedades solidarias, donde se respire paz. Colectivos que apoyan y se desviven salvando vidas y cuidando en nuestra frontera sur o acompañando a los refugiados entre Bielorrusia y Polonia, o en Calais. Personas que cada día apuestan por vivir juntos en nuestros barrios e instituciones.

El miedo ante lo nuevo es algo que no podemos controlar. Podemos decir que es lícito sentir temor cuando salimos de nuestra zona de confort, cuando abrimos nuestro campo de acción, cuando gestionamos otras ideas, cuando compartimos con otros un mismo espacio, etc. Ante esa ansiedad, existen tendencias que buscan simplificar, caminando hacia un horizonte homogéneo y unidimensional. Miran sobre todo el corto plazo y una respuesta “fácil”. Pero nos vamos dando cuenta que si construir muros, además de simplificar nuestra vida, ayudara a crecer como sociedad, este elemento sería la solución definitiva a la convivencia. Sin embargo, en la actualidad, esta solución cortoplacista “rompe aguas” por todos lados. Lo queramos o no, la diversidad es algo constitutivo de nuestra existencia.

Si miramos en nuestros propios contextos, rara es la familia que no tiene alguno de sus miembros que ha tenido que emigrar en algún momento de su historia. Situaciones económicas muy complicadas que no permiten un futuro para los más pequeños de la casa, violencia generalizada o conflictos armados, desastres naturales, una situación política y social insostenible… Todos conocemos esta realidad en mayor o menor medida. En el fondo, todos somos migrantes, peregrinos en un camino que van construyendo nuestras familias, pueblos y nuestra humanidad.

Todos sabemos que nadie deja su tierra, arriesga la vida de sus hijos, abandona todo lo que tiene –hasta sus propias raíces– por gusto. ¿Qué tendrá que pasar en la vida de una persona para que tenga que dejar lo más querido atrás en la búsqueda de un futuro digno, en ocasiones para no perecer? ¿Nos lo hemos planteado? ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿De verdad que la única solución para vivir juntos es alimentar el miedo, reforzar la seguridad y la exclusión?

Lo veamos más o menos claro, lo cierto es que estamos llamados a convivir. Sería una pena no enriquecernos de lo diverso. Lo diverso nos abre a lo más esencial del ser humano. Cada persona va construyendo su identidad en relación con los demás, convirtiéndola en un ser único. Así, la diversidad se convierte en condición de posibilidad para la recreación de una sociedad que es múltiple, abierta, flexible y compleja. Lo diverso, en cierta manera, es un horizonte, una cierta utopía, que se va haciendo cuerpo, camino, proceso y realidad.

Las personas migrantes son portadoras de esperanza. Esperanza de un mundo en paz, de que es posible una vida mejor. Al llegar a los países de destino buscan seguridad y trabajo, pero, sobre todo, reconocimiento y respeto. Una sociedad que se cierra sobre sí misma se empobrece. Una sociedad que se abre a la posibilidad del encuentro y a la diversidad, se enriquece, construye futuro.

Las Historias habitadas de hospitalidad (página anterior) son dos ejemplos, en los cuales la hospitalidad generó un milagro para ellos y para mí, para todas las personas que tienen la suerte de vivirla en primera persona. Una amistad habitada por la hospitalidad.

¿Cuáles son las propuestas?

Por último, expongo cinco enunciados que se tornan en propuesta.

Respuesta común ante un fenómeno global. Las migraciones se han convertido en un fenómeno global. Las causas que las generan siguen diversificándose y complejizándose. En este contexto, ningún estado o institución puede dar una respuesta por si solo a la realidad migratoria actual. Una situación cada día más compleja a muchos niveles. Solo juntos podremos dar una respuesta integral a la realidad migratoria y de refugio actual. La línea entre personas refugiadas, migrantes y desplazados cada día es más difusa, pero por esa razón necesitamos una política comunitaria de migración y asilo que responda a las oportunidades y retos que nos brindan las migraciones en la actualidad.

Una riqueza que nos humaniza y nos hace crecer. El papa Francisco nos anima a ver la riqueza que suponen las personas migrantes y refugiadas para la sociedad y la Iglesia. De hecho, las personas migrantes “nos ofrecen esta oportunidad de encuentro con el Señor”. “La integración, que no es ni asimilación ni incorporación, es un proceso bidireccional, que se funda esencialmente sobre el mutuo reconocimiento de la riqueza cultural del otro”. La línea roja de los derechos humanos debería ser un elemento a defender y si cabe ampliar por toda la comunidad internacional, y en especial nuestra Europa de los valores.

Necesitamos un nuevo relato. Necesitamos generar nuevas narrativas sobre las migraciones, frente a las falacias y al racismo. Un nuevo relato que abandone ciertos lugares comunes donde se representa a los inmigrantes como el otro externo, extraño y amenazante, y se atreva a visibilizar y reconocer la profunda diversidad étnica y racial de nuestro continente.

Un nuevo relato que propicie espacios de encuentro y que brinde nuevas oportunidades para todos. Nuestra vieja Europa a veces se presenta con una memoria cortoplacista, que parece haber olvidado nuestros propios éxodos y necesidades de buscar refugio. Generar un relato que nos incluya a todas las personas, en nuestros distintos itinerarios y caminos.

Nuestro futuro desde la convivencia y la cohesión social. Un impulso ambicioso y universal de políticas de cohesión social con el fin de revertir una precariedad cada vez mayor en amplios sectores de la población, sobre todo en este periodo “post-Covid”. Una tendencia que se ha instalado como horizonte vital de amplísimos sectores populares, formados tanto por población nativa como por población de origen inmigrante.

Y en esa convivencia entran con gran fuerza los grandes barrios populares de nuestras grandes ciudades, pero también deberían tener su espacio las zonas rurales que se han ido despoblando en las últimas décadas. ¿Podrá la transición climática jugar un papel al respecto?

Caminemos hacia una buena gestión de la diversidad. Existe una tendencia a generar miedo y recelo al diferente, al extranjero,… fruto de intereses económicos, políticos y sociales, pero la migración es un fenómeno que ha venido para quedarse. Dejemos de mirar solo a las fronteras y dejemos de poner parches ¿Cómo vivir juntos? ¿Cómo vamos a gestionar nuestra diversidad? En este contexto, se hace muy necesario el desarrollo de políticas universales de gestión de la creciente diversidad étnica y social de nuestra sociedad. Políticas, pues, necesarias, para construir la convivencia entre la diversidad que, ya, somos y vamos a ser en los próximos años.

Historias habitadas de hospitalidad

Hamed y Ana son dos amigos que conozco desde hace muchos años. Ellos no se conocen entre sí, pero los dos han vivido unas vidas donde la hospitalidad ha generado un milagro especial. Hamed dejó su tierra en Costa de Marfil hace años buscando un futuro para él y su familia. Todos hemos oído las vicisitudes de atravesar miles de kilómetros de desierto, las extorsiones, el ver peligrar su vida,… para aparecer en las costas de Canarias, pues no pudo encontrar ninguna vía legal y segura que le permitiera llamar a la puerta de Europa. El sueño de Hamed era formarse y convertirse en un buen chef, para ayudar a los suyos y volver a su país, montar un restaurante, que le diera un futuro a su familia. Con él tuve la suerte de vivir en la comunidad durante unos años. Una comunidad de hospitalidad donde se propicia que todos podamos crecer y encontrar nuestro espacio de crecimiento. Hamed con los años pudo legalizar su situación, se convirtió en un buen chef y también diría que, en una gran persona, abierta a la realidad y a las necesidades de la gente. Hamed ahora trabaja en un prestigioso restaurante de Madrid. Los comienzos no fueron fáciles, pero ahora tiene ya jornada completa y un futuro por delante. En su tiempo libre, que no es mucho, sigue colaborando con el Centro Pueblos Unidos, una institución del Servicio Jesuita a Migrantes España, y que forma parte de la red del JRS Europe.

Ana nació en El Salvador y de pequeña se vio obligada junto a su familia a dejar su tierra y emigrar. La violencia, la extorsión y las maras estaban asestando un duro golpe en su región, donde a diario se cobraba la vida de mucha gente joven. La familia de Ana se las vio y se las deseó para salir adelante, con situaciones muy complejas en el seno de la familia, con ausencia de la figura paterna,… Con tesón y esfuerzo, y también con el apoyo de la comunidad parroquial fue saliendo adelante, siguiendo sus estudios en un centro escolar de un barrio popular al norte de Boston. En Sommerville fue gestando su futuro. Allí nos conocimos durante años. Con el tiempo pudo incorporarse a trabajos auxiliares en una universidad, Boston University y ahora como supervisora en los laboratorios de la misma universidad, dentro de la Facultad de Medicina. Casada y con dos niños, y un futuro por delante, que también comparte con su esposo y el apoyo a la comunidad a través de la parroquia donde se crio. 

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