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El papa Francisco, emigrante de segunda generación

El papa Francisco, hijo de padres italianos, nacido en Buenos Aires (Argentina) tiene varios “número uno”: primer Papa con el nombre de Francisco, primer Papa latinoamericano (primer Papa no europeo), primer Papa jesuita y primer hijo de emigrantes. Su personalidad y su espiritualidad, fraguadas en la escuela de la emigración y esculpidas en el taller del gran maestro Ignacio de Loyola, se muestra en su humanidad (cercanía a la gente, sencillez, austeridad) y en su compromiso con los necesitados (“quiero una Iglesia pobre para los pobres” ha dicho en sus primeros mensajes papales).
Siendo cardenal, en Buenos Aires, visitaba frecuentemente las “Villas Miseria” que circundan la capital para apoyar a los “curas villeros” comprometidos con los más pobres. Las “Villas Miseria” son asentamientos donde vienen a parar los argentinos que emigran del interior del país en busca de una vida mejor en la gran ciudad, como hacen millones de migrantes en todo el mundo.
En una misa celebrada en Buenos Aires a las puertas de un taller clandestino en el que murieron seis jóvenes, el cardenal Bergoblio, puso el dedo en la llaga de la emigración denunciando una situación relacionada directamente con al pobreza: “Acá en Buenos Aires, en la gran ciudad, en esa ciudad cada día más avanzada, también hay hermanos nuestros migrantes que los tienen trabajando 20 horas, 18 horas, por día pagándoles una miseria y un sándwich de mortadela porque aquí no les importa a estos tratantes modernos que se mueran los chicos. Pensemos en los que murieron en Caballito quemados en este taller clandestino porque estaban enrejados”.
En el poco tiempo que Francisco lleva de Papa ha hecho sencillos gestos pero de gran calado en la opinión pública (un gesto vale más que mil palabras) que auguran un nuevo tiempo eclesial más sobrio en las alturas (al estilo franciscano) y más abierto en las bajuras (al estilo jesuita). El propio Francisco nos ha puesto en guardia: “No os dejéis robar la esperanza”. Y en ello estamos.
No deja de llamar la atención que los cardenales electores, guiados por el Espíritu Santo, hayan elegido a un miembro de las órdenes religiosas tradicionales para dirigir la Iglesia en este tiempo nuevo y difícil no solo para el mundo sino también para la Iglesia. ¿Será un signo de los tiempos que las órdenes y congregaciones religiosas que durante siglos llevaron el peso de la evangelización y la cultura cristiana en Europa y en el mundo recuperen el protagonismo que tuvieron en la Iglesia y que habían perdido ante el empuje arrollador de los nuevos movimientos, decididamente apoyados por Roma?

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