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Teatro
Moria. Una obra de teatro donde todos somos refugiados

<span style='color:#27509b;font-size:18px;font-weight:500;'>Teatro</span><br> Moria. Una obra de teatro donde todos somos refugiados

Allá en enero de 2021 ya había gran expectación en la Sala Insular de teatro de Las Palmas de Gran Canaria por la la obra “MORIA” en ese formato tan actual de “teatro- documento “. Una experiencia escénica inmersiva ambientada en el campo de refugiados de Moria en la Isla de Lesbos (Grecia), a partir de los testimonios recogidos en el campo en enero de 2020.

José Luis Pinilla. Madrid

Puro teatro-documento como suele ser habitual en las Producciones de Unahoramenos, una productora gran canaria que se propuso denunciar la nefasta situación en la que se vive en los campos de refugiados. Y había también deseos de participar porque también se sabía que el espectador formaba parte de la escena. Luego seguirían otras representaciones por distintos lugares de España y que llegaron a Madrid en abril y mayo de 2022 y que continuará posteriormente su recorrido por San Sebastián y otros lugares en los meses próximos. Dicha obra refleja sin concesiones sensibleras la situación de los campos de refugiados extendidos por toda Europa a partir del situado en la isla de Lesbos, en Grecia, y uno de los puntos calientes de la migración en Europa. Permaneció en activo entre 2013 y 2020, cuando quedó destruido por un incendio. Es el paradigma del impulso excluyente de “sacar a fuera” a todos los refugiados o de extender las fronteras propias más allá de los limites de cada nación, contraviniendo muchas veces los derechos humanos, tal y como aparece en el transcrito saludo grafico en la puerta de entrada en la sala escénica y que nos recuerda el artículo 14 ​ de la Declaración de Derechos Humanos sobre el derecho a buscar asilo. Es toda una declaración de intenciones de los autores que quieren recordarlo y extenderlo donde puedan.

Carpa de refugiados

También el escenario teatral está extendido. Hay una carpa de refugiados como decorado envolvente incluso con el logo de Acnur. Como si una ancha tienda de lona de acogida se abriera y desplegara para acoger a intérpretes (y también a los espectadores) para participar todos “desde dentro” del desarrollo de la obra. Me resonaba entonces aquella invitación bíblica de los tiempos del profeta Isaías (¡que ya ha llovido desde entonces!) cuando formulando la necesaria e imprescindible hospitalidad invita a «ensanchar el espacio de tu tienda, desplegar tus toldos sin miedo, reforzar tus estacas y alargar tus cuerdas, porque te extenderás a derecha e izquierda; tu estirpe heredará las naciones y poblará ciudades desiertas». Es decir, a desplegar nuestros toldos, hacer más grande nuestra casa, y que para ello es imprescindible reforzar las estacas y alargar las cuerdas; es decir, fortalecer las bases y cimientos para ir más allá, preguntarnos dónde están los más vulnerables, la mayor necesidad, el mayor bien y salir a su encuentro. Y detectar a los que excluyen política y socialmente a los migrantes que buscan dignidad, derechos, tierra y pan como todo ser humano. Con ese “decorado” el espectador se mete pronto en la escena de la vida de los refugiados y sus dramas que nos tocan y nos provocan a nuestras propias convicciones y actitudes respecto a acogida personal y colectiva de los emigrantes y refugiados.

En la sala III del teatro Fernán Gómez del Centro Cultural de la Villa de Madrid, donde se representó, unas bolsas de basura, palés con fotografías e imágenes reales devastadoras del campo de refugiados reciben al público. La sala, con 50 sillas de aforo, es una jaima cubierta por mantas en la parte inferior mientras la superior está habilitada para ir proyectando imágenes reales que entroncan con el texto que se interpreta.

Una tienda de un campo de refugiados

Estamos ante un espacio que enmarca un texto firmado por Marío Vega, y donde los asistentes viven la experiencia dentro de una tienda como la de un campamento de refugiados. Donde se siente la esperanza, la celebración, la vergüenza, el miedo y hasta la sombra de la muerte que se cierne sobre este campo de refugiados. Ahí, su director propone entrar en esa jaima cubierta de mantas, quitarse los zapatos y si es posible los prejuicios, para hacerse confidente de dos mujeres en un encuentro de 50 minutos en donde se tejen narraciones que nos hablan de tantas cosas que sirven de paradigma para las de muchos refugiados: los secuestros, las muertes, los abusos sexuales, que han configurado sus vidas. Al “meterse en la escena “el espectador –también coprotagonista de alguna manera– se siente aprisionado por tanto dolor en un espacio tan pequeño. Un espectáculo que combina la interpretación con los contenidos audiovisuales filmados en 360º. Y que luego suele salir fuera de los teatros en distintas ofertas en forma de mesas redonda, experiencias pedagógicas, encuentros con el público…

No es extraño que esta oferta se iniciara en Canarias (tierra tan afectada por la emigración que salió y la que ahora llega) porque la productora es canaria, el autor del texto es canario y el gran periodista de esa tierra Nico Castellano (nacido en Telde) ha servido de consejero, asesor de contenidos y apoyo, tras su largo, intenso, y emocionante recorrido profesional en tantos lugares difíciles –últimamente en Ucrania–. Y siempre moviéndose en la necesaria denuncia de la situación de los sufrientes, muchas veces migrantes y refugiados. Al presentar la obra en abril de este año declaraba que “Uno sabe cuándo se convierte en refugiado, pero no sabe cuándo va a dejar de serlo”, o como cuando denuncia el campo de Moria como el “laboratorio en las puertas de Europa donde se trituran los derechos humanos”.

A ellos se ha incorporado un gran elenco técnico y artístico ( donde destacan las actrices Ruth Sánchez y Marta Viera) que nos hace llegar la historia basada en los testimonios reales de dos refugiadas, Zohra Amiryar (Afganistán) y Duaa Alhavatem (Irak) y con un montaje que sigue la línea muy creativa de la productora canaria y que se va alternando con extractos de la entrevista realizada a ambas en Moria y que se proyecta en 360 grados. Eso sirve para envolver al espectador en un torbellino de sensaciones que van de la esperanza a la angustia, pasando por la nostalgia, la rabia y la impotencia. Y mientras “el afuera” se hace audible, visible, con impresionante testimonios de ese campo de refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos, ese almacén de hombres y mujeres en el que el dolor, la inacción y el aburrimiento son antesala de la muerte o del desvarío. Y se intuyen la basura, las peleas mientras se escuchan, con una cercanía cómplice, los abusos sexuales.

Dos refugiadas y sus familias

Todo ello enmarca un espacio escénico donde el público se puede o no contagiar en mayor o menos grado por las dinámicas ofrecidas. Así la audiencia no se compone de espectadores pasivos sino que estos forman parte de la puesta en escena, por pequeño que sea su papel. Y están autorizados a explorar el espacio escénico como quieran porque son invitados a convertirse en parte activa de la actuación. Así la relación con el público es muy diferente y el espectador tiene la posibilidad de construir su propia historia.

El espectáculo cuenta la historia de esas dos refugiadas y sus familias a las que no les queda más remedio que huir de sus respectivos países. La dramaturgia se sostiene a partir de testimonios reales filmados en el campamento de Moria con Mario Vega, y la supervisión Nicolás Castellano (periodista de la Cadena SER especializado en migraciones forzadas), Anna Surinyach (fotoperiodista de la Revista 5W), y Valentín Rodríguez (producción). El espectáculo deja de serlo cuando entramos en contacto con las refugiadas. Ambas tuvieron que sobrevivir a bombardeos, atentados, naufragios y penalidades en Afganistán y Bagdad y se creyeron salvadas (craso error) al pisar tierra europea en ese campo de refugiado en la isla de Lesbos, un espacio común, donde tienen de compañeras de viaje y estancia a infinidad de personas desconocidas, que sufren tanto por dentro y por fuera, en el peor momento de sus vidas según trasmiten vital e icónicamente las actrices y los ambientes escénicos por los que transitan. Ahora tienes otras personas desconocidas para ella: los espectadores que participan del drama que a todos, conscientemente o no, nos afecta.

Estamos ante una muestra de un teatro documento que convertido en bofetada nos hace agachar la cabeza y por pura vergüenza, el aplauso final debe quedar en silencio ante tanto abuso sobre los emigrantes, refugiados, paradigmas de los más vulnerables seres humanos.

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