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La Unión Europea seguirá siendo un referente hostil

La Unión Europea seguirá siendo un referente hostil

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Todo tiene un límite, especialmente la paciencia del ser humano. Y, una vez más, se demuestra en las elecciones al Parlamento Europeo. Mucha votación, mucha promesa y luego ¿qué? El ciudadano se harta de tanta falta de cumplimiento por parte de los eurodiputados y de los partidos. No siente que la Unión Europea esté al lado de las necesidades de sus ciudadanos, sino más bien al servicio del poder de los grupos parlamentarios. El europeo de a pie la siente muy lejana y fría.

“Esta vez es diferente”: Un mensaje no necesariamente cierto
Los comicios al Parlamento Europeo recientemente celebrados no son un evento electoral más con la singularidad –eso sí– de celebrarse cada cinco años en vez de cada cuatro y de hacerse simultáneamente en todos los Estados Miembros. Desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa el 1 de diciembre de 2009, el Parlamento asume un mayor protagonismo y pasa de desempeñar un papel secundario en la gestación de las políticas de la Unión a ser mucho más determinante. Las elecciones de mayo de 2014 son las primeras en las que sus resultados son tenidos en cuenta –aunque no de manera necesariamente vinculante– para la nominación, por parte del Consejo Europeo, del candidato a presidir la Comisión Europea, el cual, además tendrá que pasar por la aprobación del Parlamento. Lo mismo pasará con el “colegio de comisarios” que escojan conjuntamente el electo presidente de la Comisión y el Consejo, a propuesta de los Estados miembros.
Todos estos factores no estaban presentes en la elección de los anteriores presidentes de la Comisión ni de los comisarios. Eso explica la intensa campaña publicitaria desarrollada en Bruselas y Estrasburgo, especialmente en los aledaños de los edificios institucionales de la UE con el mensaje “Esta vez es diferente”, dando a entender que con su voto, los electores no estaban únicamente votando a diputados sino también al futuro presidente de la Comisión Europea.
Desde esta clave se entiende que los candidatos a presidir la Comisión, por los distintos partidos hicieran unas campañas tan sumamente activas a fin de obtener el mayor respaldo posible que legitimara su posición de cara al Consejo. Los ya conocidos como “SpitzenKadidaten” (Juncker, Schultz, Verhofstadt, Keller y Tsipras) han estado en mítines, se han “pateado” las calles e incluso han debatido en televisión acerca de los distintos asuntos de la política de la Unión como si de candidatos a la presidencia del gobierno se tratara, a sabiendas, eso sí, de que era posible que el Consejo Europeo postulara a otra persona distinta, tal y como se desprende de la lectura del artículo 17.7 del Tratado de la Unión. No es ningún secreto que los Jefes de Estado y Gobierno barajaban el nombre de la directora-gerente del FMI Christine Lagarde como posible alternativa.
 
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Algunas claves para comprender los resultados que se han producido
Las nuevas competencias del Parlamento Europeo suponen, al menos teóricamente, un aumento de protagonismo de los ciudadanos a través de su órgano de representación en la UE. Sin embargo, esta noticia no parece haber entusiasmado al electorado que en un 57 por ciento se ha abstenido de acudir a las urnas consolidando una tendencia de desafección que se viene prolongando desde hace cuarenta años.
Y es que el modo de “pensar” la Unión Europea está condicionado por tres factores: el primero es el conocimiento de cómo funciona esta y sus instituciones. El segundo tiene que ver con el lugar ocupado por el “pensante” en el proceso de toma de decisiones que posibilite cambios efectivos. Por último, el tercer factor tiene que ver con las expectativas que se depositan en la Unión de cara a una mejora o empeoramiento de situaciones personales y colectivas en el futuro. En este sentido, un ciudadano, con escasa formación acerca de la Unión Europea, cuya única manera de expresar su poder político es a través del voto y que forme parte del 24,8 por ciento de la población que en 2013 se encontraba en riesgo de pobreza (EUROSTAT) es probable que muestre escaso entusiasmo por ir a votar y, si lo hace, es también posible que su voto no sea favorable a los partidos que han apostado por políticas de ajuste. A sensu contrario parece lógico pensar que quien se ha enriquecido gracias a dichas medidas siga apostando por la continuidad de las mismas y vote a quienes las sostienen.
Es a partir de estos supuestos que se pueden entender, aunque sea de modo superficial, hechos como el alto índice de abstención, el incremento de votos entre los partidos euroescépticos y eurófobos o la debacle que se ha producido en los partidos tradicionalmente más europeístas. También desde este prisma se podrán comprender los porqués de algunos movimientos que se están produciendo en el establishment bruselense tendentes a que nada de lo “esencial” se acabe moviendo tras las elecciones aunque de puertas afuera se quiera dar sensación contraria.
Entrando ya en los resultados electorales, resulta significativo que se haya resaltado tanto el modestísimo incremento de la participación, apenas una décima, respecto a los comicios anteriores. Esto parece haber aliviado a quienes auguraban un desplome de la misma. Lo cierto y verdad, sin embargo, es que, como ya se ha dicho anteriormente, desde 1974 la participación ha venido descendiendo y que los que han votado lo han hecho castigando a los partidos tradicionalmente más europeístas. Nada menos que 53 escaños menos ha tenido el Partido Popular Europeo respecto a las elecciones de 2009, 5 menos el partido de los socialdemócratas europeos, 16 menos los liberales ,y 7 menos los verdes. Retroceso este que contrasta con el ascenso de las opciones más euroescépticas y las confesamente más neoliberales. Así, el partido de los Conservadores y reformistas europeos (derecha) ha cosechado 13 escaños más que en las anteriores elecciones, Izquierda Unida europea 17 más y el partido por la libertad y la democracia (extrema derecha) 16 más.
A la vista de los datos parece obvio que se ha producido una quiebra de la confianza que un importante sector de los ciudadanos tenía en la Unión Europea. Si tradicionalmente se estimaba que un 20 por ciento de los ciudadanos de la Unión era abiertamente pro-europeo, entre un 60 y un 65 por ciento indiferente y un 15 por ciento rechazaba la Unión Europea (datos de EUROSTAT) los resultados de las últimas elecciones muestran que se ha producido un desplazamiento desde posiciones “neutras” o indiferentes, hacia posiciones escépticas o abiertamente contrarias al modelo de la Unión que representan los partidos tradicionales.
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La reacción ante los resultados: Desresponsabilización, minimización de daños y continuidad
Ante la contundencia de los resultados, y una vez superado el primer shock trasa comprobar que en cuatro países de la Unión Europea –dos de ellos además miembros fundadores– habían triunfado opciones populistas euroescépticas, los esfuerzos del establishment comunitario se han concentrado en un solo objetivo: minimizar “daños” a fin de seguir desarrollando todo el programa de “reformas” pendientes. Y es que conviene no olvidar que todavía está por concluir la liberalización de las industrias de redes, que queda por apuntalar la unión bancaria incluyendo el mecanismo de supervisión, y que hay que seguir vigilando los procesos de reformas estructurales pendientes en los países periféricos más afectados por la crisis, entre muchas otras iniciativas que esperan.
Para ello había que buscar una justificación de los resultados obtenidos que fuera, además creíble. El fallo en la pedagogía a la hora de explicar a la población lo adecuado de las medidas adoptadas por su bien en tiempos de crisis, y la alusión recurrente al argumento del “chivo expiatorio” del que era objeto la Unión por parte de eurófobos y euroescépticos, se consideraron explicaciones adecuadas porque, además de no entrar en cuestiones de fondo, desresponsabilizaban a los culpables de la aplicación de estas políticas.
El segundo paso consistía en garantizar tanto en la nueva Comisión como en el nuevo Parlamento que surgiera tras las elecciones, el control de puestos clave que permita seguir desarrollando la nueva política.
En el caso del Parlamento Europeo ello implicaba dos elementos: el control de la presidencia de los comités existentes y el acuerdo entre los grandes partidos acerca del candidato al que se votaría para presidir la comisión. En el caso de la Comisión, por su parte implicaría la búsqueda el perfil adecuado para dar continuidad a la “presidencia Barroso” cuidando mucho de no dar la impresión de que se desoye a los electores que se han pronunciado.
En el Parlamento Europeo ya se ha llegado a acuerdos acerca de la presidencias de los veintidós comités que lo forman: ocho de ellos estarán presididos por diputados del Partido popular Europeo (entre ellos el de Asuntos exteriores –AFET–, Agricultura –AGRI–, Pesca –PECH– o industria –ITRE–), dos por los conservadores europeos (el comité de mercado interior –IMCO– y el de seguridad –SEDE–), dos por los liberales europeos –ALDE– (concretamente el de las regiones –REGI– y el de presupuestos –BUDG–), siete por el partido de los socialdemócratas europeos (entre ellos el LIBE –Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior–, el DROI –Derechos Humanos–, el ECON –el Comité de Asuntos Económicos y Monetarios– o el FEMM –mujer e igualdad de género–. El grupo de Izquierda Unida Europea, Izquierda Verde Nórdica, por su parte presidirá el Comité de Empleo. Finalmente el recién constituido grupo euroescéptico EFFD (Europe for Freedom and Democracy) presidirá el comité de peticiones (PETI), aunque también tendrá presencia en los de agricultura (vicepresidencia), medio ambiente (vicepresidencia segunda), pesca (vicepresidencia tercera) o industria (vicepresidencia cuarta). Por otro lado, ya se ha producido entre los dos mayores partidos políticos representados en el Parlamento un acuerdo para votar juntos a favor del presidente de la Comisión que salga nominado en el primer Consejo europeo que se celebre tras las elecciones.
En el caso del nombramiento del presidente de la Comisión, la prioridad principal es que la persona nombrada por el Consejo personifique una línea continuista con las políticas llevadas a cabo por Barroso. Es aconsejable que sea europeísta sin por ello dejar de ser sensible a las inquietudes de los principales estados miembros (pero muy especialmente Alemania y Francia).
Para este cometido, el Consejo no ha tenido que buscar a nadie distinto a los nominados por los partidos y así arriesgarse a parecer poco democrático, porque tanto Schultz como Juncker, y especialmente éste último, cumplen perfectamente con el perfil. En el momento de escribir este artículo ya se conoce que la persona nominada por el Consejo será Jean Claude Juncker y que Schultz será el nuevo presidente del Parlamento Europeo.
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La cuadratura del círculo. Casi nada será diferente
La estrategia diseñada para “minimizar daños” está dando ya fruto. Los puestos clave están siendo ocupados y en breve será nombrado el Colegio de Comisarios y el Alto Representante en Política Exterior. No parece previsible un cambio de rumbo de las políticas europeas a medio plazo en el sentido de mejorar el bienestar de los ciudadanos. Más bien al contrario, el armazón burocrático de Bruselas, perfectamente engrasado se encuentra orientado a mantener e intensificar una política de la Unión dictada desde los mercados. Se ha intentado difuminar toda expresión de la voluntad ciudadana alternativa, y cuando no se ha logrado, se ha perseguido abortar su capacidad de maniobra en las nuevas instituciones europeas. Los ciudadanos han hablado claramente en las urnas pero se ha preferido no escucharlos. Tras las últimas elecciones, la Unión Europea seguirá siendo un referente hostil y frío para cada vez más ciudadanos y se habrá perdido otra oportunidad, seguramente la última, de construir otro modelo de convivencia más amable e integradorentre los europeos y europeas.

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