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Toda la familia a Alemania

Toda la familia a Alemania

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Ante la proximidad de las Jornadas de estudio: Integración en familia. Procesos y tendencias, consideramos de interés reproducir un relato de una persona anónima, una emigrante española en Alemania en los años 80 del pasado siglo, quien lo envió a la X Asamblea Nacional (que tenía como tema “La familia en la emigracion”) de las Misiones Católicas de Lengua Española en Alemania. En este relato se describe la situación de una familia emigrante en esa época.

“Mucho se ha escrito sobre el tema que hoy tratamos de desarrollar, pero hasta ahora sólo he leído artículos teóricos e impersonales, que pueden ser interpretados a gusto del lector.
Hoy, como mujer, madre y emigrante, pretendo exponer este tema desde un punto de vista real y personal.
Él, como marido y padre, cabeza de familia y responsable de ella, previa consulta conmigo y en vista de la agobiante situación económica, decidió emigrar por un tiempo indeterminado.
Después de dos años de separación se imponía una revisión de la situación y así se hizo en sus primeras vacaciones. La situación económica había mejorado, se habían anulado las deudas e incluso se había conseguido un pequeño ahorro. Pero la situación laboral en España nada había cambiado en estos dos años. El volver a ella de nuevo no tenía sentido; después de consumir el pequeno ahorro volveríamos a encontrarnos en la misma situación del principio. Se planteó un dilema: la familia no podía seguir separada (por entonces había nacido una niña que no conocía a su padre), o él volvía a España con un dudoso futuro, o la familia se marchaba con él a compartir una nueva situación la cual estaba económicamente asegurada.
Para no cargar él con toda la responsabilidad de este paso, que iba a ser decisivo para toda la familia, me invitó a pasar una temporada con él en la emigración y así observar sobre el terreno los pros y contras de esta aventura.
Fue un delicioso verano, este del ano 64. No hemos conocido otro después. Para nosotros fue una segunda luna de miel. Aprovechamos las vacaciones de este año para conocer, no solamente la ciudad donde pretendíamos fundar nuestro futuro hogar, sino gran parte de Alemania; estudiando su clima, costumbres, posibilidades de desarrollo y educación de los niños, etc.
“Alea iacta est”, la suerte está echada. Optamos por la emigración de toda la familia. Todo principio es difícil. Ahorremos aquí la serie de inconvenientes que se presentaron en esta fase inicial de nuestra vida en la emigración.
Como nuestros pensamientos eran vivir en Alemania indefinidamente, abandonamos la idea de almacenar marcos, comer patatas cocidas y vivir en buhardilla o sótano y poco a poco fuimos formando un cómodo hogar, como el de cualquier alemán de nuestra clase.
Naturalmente, para ello no solo hubo que ahorrar privándonos de vacaciones, auto y otras cosas, sino que yo tuve que trabajar también durante 7 años. Cosa que pude hacer con la ayuda de mi madre, quien hasta poco antes de su muerte fue el ama de casa y la madre de todos: mi marido, yo y mis siete hijos.
Gracias a ella, quien era piadosísima, con su ejemplo y palabras consiguió que los niños no perdieran la educación religiosa que trajeron de España. Esto tranquilizaba mi conciencia al tener que dejar a mis hijos para contribuir con mi trabajo al desarrollo de nuestros planes. Si no hubiera sido por la abuela yo no hubiera podido dejar a mis hijos solos nunca; aunque no gozáramos del relativo bienestar que hoy disfrutamos.
De esta forma, los niños se fueron haciendo hombres y mujeres, educados cívica y cristianamente.
Hoy podemos hacer un balance en el cual encontramos cosas buenas y otras no tan buenas.
Después de 18 años de emigración aún no tenemos el tan cacareado piso en España. Ni nos ha hecho falta. Nosotros vivimos en Alemania. Aquí sí tenemos una casa cómoda y acogedora.
Durante diez años seguidos venimos disfrutando de unas merecidas y necesarias vacaciones que no solo físicamente nos proporcionan sol y aires puros para renovar nuestra energías, sino también espiritualmente renovamos nuestros sentimientos al poder abrazar una vez al año a nuestros padres (los míos murieron, los de mi marido viven los dos), abrazar a nuestros parientes y conocidos, manteniendo de esta forma el contacto familiar y fortaleciendo el lazo patriótico que pese a los 18 años de emigración, se mantiene íntegro, impidiendo la germanización.
COLABORACIÓN DE TODOS
Mis hijos, en lugar de criticar la decisión de sus padres 18 años atrás, cuando por ser pequeños no pudieron ser consustados, han sabido corresponder a nuestro sacrificio aprovechando las oportunidades que este país ofrece al extranjero, y todos ellos poseen hoy un oficio o están en vías de conseguirlo mediante sus estudios.
Mi marido no se limitó a vegetar en la emigración, sino que supo promocionarse y sin dejar de trabajar, en sus horas libres, se sacrificó estudiando, pese a su edad, hasta conseguir el puesto laboral y social que hoy ocupa y que ha permitido el que yo dejara de trabajar y pudiera dedicarme por entero a mis obligaciones de madre y esposa.
En casa nos preguntamos muchas veces cómo pueden existir emigrantes que se quejan del aburrimiento en que viven, cuando nosotros todos, padres e hijos, apenas tenemos tiempo para dar un paseo o hacer una visita, debido a la cantidad de ocupaciones de todo tipo que nos agobian.
Continuando con el balance, mencioné antes cosas buenas y otras no tan buenas. Veamos las últimas.
PREOCUPACIONES
Los niños se hicieron mayores. Y llegó el tiempo tan temido por nosotros: la preocupación número uno.
Los tres mayores llegaron sucesivamente a la plenitud de la pubertad y lógicamente tenían que casarse. Dado la poca densidad de españoles en esta zona, es natural que su niñez, época de estudio y tiempo libre, se haya desarrollado en ambiente alemán. Así ocurrió que la primera de mis hijas formó pareja con un alemán. En principio nada tenemos contra el alemán, pero su mentalidad y costumbres son tan distintas a las nuestras que no fue de nuestro agrado esta unión. La segunda emparejó con un italiano. Finalmente, la tercera se casó con un español. Si viviendo en España entre millones de españoles es difícil encontrar la pareja ideal, aquí, donde la selección de españoles es ínfima, no es de extranar los fracasos matrimoniales. Esto aumentó nuestras preocupaciones. Gracias a Dios todo salió mejor de lo pensado.
Algunas veces pensamos que quizá esto sea necesario y que inconscientemente estemos formando los cimientos de una Europa internacional.
De todas formas, como compensación a estos disgustos, cuatro angelitos o diablillos, según se vea, han venido a alegrar, con sus gritos y risas, la casa de los abuelos, donde ya estaba desapareciendo la más alegre de las edades: la infancia.
Citaremos otra de las cosas “menos buenas”: el idioma. Después de tanto tiempo en Alemania, es natural que estemos en condiciones de entender todo o casi todo lo que oímos. Lo que no podremos conseguir, sobre todo, los que llegamos adultos, es expresarnos claramente, teniendo a veces que optar por callarnos al no encontrar la forma de llevar al alemán nuestros sentimientos e ideas. Esto es un verdadero sacrificio.
Por lo demás, no soy tan pesimista como otros. No olvido que estamos hospedados en casa ajena y que si el alemán está obligado a tratarnos humanamente, también nosotros estamos obligados a integrarnos en esta sociedad y respetar sus ideas y costumbres.
LA RELIGIÓN
Pero todavía, antes de terminar quisiera decir un par de palabras sobre el punto de la religión. Cuando oímos la palabra Misión se nos presenta la idea de un país infiel donde se pretende llevar la fe de Cristo como antiguamente en el Japón, África o América. Nosotros los españoles, gracias a Dios, hemos sido durante muchos siglos un pueblo católico y no necesitamos esa Misión en el sentido que nos hemos referido. (Al mencionar la palabra Misión no nos referimos a ninguna en particular. La tarea de una Misión tiene muchas facetas que no entran en el tema de hoy. El párrafo mencionado sólo sirve de introducción a la demostración de lo que sigue). El que en España tuvo una buena formación religiosa, en el extranjero sigue siendo tan cristiano y católico como en su país. Aunque también es verdad que son algunos los que precisamente en la emigración se han encontrado con Cristo; y otros los que por carecer de rígidos fundamentos, fue en la emigración donde desertaron de la fe de sus padres.
No creo, por lo tanto, que, en general, la emigración haya influido nada en el aspecto espiritual, ya que las consecuencias de la vida moderna se ha dejado sentir en nuestro país tanto o más que en el extranjero.
Lo que sí es conocido es que la bacteria de la ambicion ha encontrado en la emigración un campo muy abonado donde crece amenazadoramente.
Todos queremos ser ricos, tener joyas, buenos coches, pisos en España, chalet en las playas, millones en el banco… Y para conseguir esto no nos importa destruir nuestra salud haciendo horas extraordinarias, trabajando en las perores condiciones, trabajando la mujer innecesariamente, colgando a los menores la llave de la casa al cuello y despreocupándose por completo de la juventud, dando ocasión, con su abandono, a una vida irregular.
Y todo esto por una teórica vejez a la cual no sabes si vas a llegar y si llegas no estarás capacitado para disfrutarla porque has hecho cisco tu organismo. Este tema es muy largo y quizá en otra ocasión se podría prolongar”.

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