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Y quemaremos, una a una, vuestras ciudades adormecidas…

Y quemaremos, una a una, vuestras ciudades adormecidas…

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“Aquí estamos nosotros”, interpela la voz de una mujer subsahariana (se diría, por el acento) desde los intersticios de la narración, sobre esos fundidos en negro que Sylvain George utiliza de manera reflexiva, política y también meta cinematográfica.

 
Es también el llamado de la naturaleza humana, que aparece ligado a esos planos de montañas, nubes y olas, a esas naturalezas muertas que “juegan aquí un papel de testigo trágico, indiferente al conflicto de los hombres”, como diría el filósofo alemán Walter Benjamin, quien desde el pensamiento derribó ese humanismo cartesiano según el cual el hombre tiene derecho a explotar la naturaleza, e incluso a explotarse a sí mismo. Como dice el propio director francés, es el “quejido de la naturaleza del que se habla, pero también es el de los oprimidos, el de los olvidados”.
Y es que la pregunta de cómo filmar la pobreza fue muy importante para Sylvain George desde un inicio. Para el director francés, cualquier ser humano lo es desde su propia base irreductible, de manera que no se puede parcializar a la gente reduciéndola a una clase o a una etnia, porque todos somos únicos. Aunque la irrupción de George en el panorama cinematográfico es bien reciente (ha realizado todas sus películas a partir del 2006), ha pasado mucho tiempo discurriendo cómo hacerlo. Es por ello que nos encontramos ante uno de los discursos audiovisuales más elaborados de la contemporaneidad.
Para el director de Vaulx-en-Velin “la cuestión migratoria es transversal a la sociedad francesa y a todas las sociedades. No hay una familia que no tenga un pariente, abuelo o bisabuelo que no haya emigrado de un lugar a otro, de un pueblo a otro, de una ciudad a otra o de un país a otro”. La película sobre Calais debía durar veinte minutos y el director francés tenía que hacerla en noventa días (fue un proyecto auspiciado por el CNC francés). Al final, el trabajo le llevó más de tres años de filmaciones sobre el terreno, con un método de observación documental que tiene mucho que ver con el seguido por el portugués Pedro Costa en el barrio de Fontainhas.
Silvain George estableció una relación de “igual a igual” con los inmigrantes, presentándose como cineasta y explicando el plan de su película. Para él era importante establecer una relación de confianza y diferenciar su trabajo del de los periodistas que habitualmente se mueven por la zona. Calais es un lugar emblemático para la inmigración en Europa: apenas existen 30 kilómetros de separación entre las fronteras de Francia e Inglaterra, comunicadas por mar y también por tierra, a través del Canal de la Mancha. George consiguió grabar así fragmentos increíbles: la persecución de los “sin papeles” en los parques y áreas de descanso por la CRS, el camuflaje de algunos bajo los bastidores de los camiones que cruzan la frontera, el desalojo y la destrucción del campamento de inmigrantes clandestinos (la denominada “jungla de Calais”) en el 2009, y también penetró en excepcionales momentos de intimidad, como el esparcimiento de un grupo de inmigrantes a orillas del canal, el aseo y las comidas compartidas, o la celebrada secuencia en la que un grupo de exiliados se quema las yemas de los dedos con hierro al rojo vivo, para eliminar el rastro de las huellas dactilares con las que son detectados y segregados por las autoridades europeas. Para George también era importante distinguir entre cuándo podía filmar y cuándo no debía hacerlo. Había que propiciar el diálogo, el encuentro, pero prevalecía el respeto hacia el ser humano, la relación de confianza que se iba fraguando con los personajes a través del curso del tiempo. El discurso propuesto por el realizador es político desde la misma elección del punto de vista: la cámara de Sylvain George se adentra en el día a día de los inmigrantes, adopta su perspectiva y por eso filma el paisaje del entorno como una prisión (los motivos recurrentes de alambradas, muros y fronteras), como una amenaza constante materializada por las persecuciones policiales, por la “caza del hombre” que se graba con distancia focal larga, desde la lejanía…
De lo que se trata en primer término es de hacer visible lo invisible, de materializar la existencia de unos seres humanos en permanente tránsito entre dos mundos (la vida y la muerte, la esclavitud y el exilio). La opción estética de Sylvain George es el retrato de estas “figuras de guerra” o modelos (en la acepción bressoniana del término) en contrastada fotografía en blanco y negro, forzando la angulación para perfilar a los personajes contra la tierra, el mar y el cielo. Primero, la presencia física y después, la acción y el testimonio, parecen querer decir las imágenes de George, y en ello inciden esos planos de tapias grafitteadas, que lanzan al espectador las proclamas de aquellos a los que la sociedad, y el Estado, acalla la voz.

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Los inmigrantes borran sus huellas dactilares con hierro al rojo vivo para no ser repatriados a sus países de origen.


LA JUNGLA DE CALAIS
Para Sylvain George, Calais es un enclave paradigmático por lo que respecta a la política inmigratoria europea y mundial. Según el director, en Calais se pueden ver cada día situaciones de excepción, zonas que permanecen translúcidas o silenciadas para el resto de la sociedad que sí que disfruta de sus derechos. Estar tomando un café y ver cómo de repente un policía sale corriendo detrás de un inmigrante, o presenciar una redada en un parque de recreo o en la cola de alimentos que organizan algunas ONGs, es algo desgraciadamente habitual en esta localidad del norte de Francia, así como en otras ciudades europeas.
Los testimonios y las confidencias se van desvelando poco a poco a los espectadores que asisten a las imágenes de Qu’ils reposent en révolte. Iraquíes, afganos, nigerianos, ghaneses, etíopes, tunecinos, dejan atrás sus raíces (y en muchos casos a sus seres queridos) con la esperanza de encontrar un futuro mejor en el continente europeo. Un exiliado relata cómo su embarcación naufragó frente a la Península Itálica, y pasaron varias jornadas antes de que fueran rescatados por uno de los muchos barcos que faenaban en la zona cada día. Al ser recogidos, ni las autoridades italianas ni el Gobierno de Libia (lugar de partida del barco) quisieron hacerse cargo de los siniestrados, por lo que una gran mayoría de ellos fueron repatriados a sus lugares de origen. Por su lucidez destaca el análisis que hace un refugiado acerca de la responsabilidad de los gobernantes africanos en el endeudamiento de sus países y en la precariedad existencial del pueblo, con la evasión de capitales a bancos occidentales. Un exiliado afgano explica también a Sylvain George cómo su país es rico en uranio y en otras materias preciosas, y por eso desde hace sesenta años ha entrado en una espiral de violencia y de guerras intestinas favorecidas por los intereses estratégicos en Oriente Próximo de las potencias occidentales. Otro joven enseña su cartera de recuerdos, donde guarda las fotos de sus familiares y amigos más queridos, alguno de ellos desaparecido por el camino.
El emigrante ya no solo manifiesta su existencia corpórea, física, sino que ahora se nos revela próximo por su naturaleza emocional y por medio de su fecunda tradición cultural. Es un ser humano con un pasado traumático (de guerras, hambre o represión), un presente clandestino y un futuro desesperanzador, una vez que el Primer Mundo ha colgado el letrero de “Prohibido el Paso”, acuciado como está por la crisis económica y por la especulación política y moral de sus dirigentes.
Y en medio de todo este work in progress fílmico llega el repentino desalojo de “La Jungla” de Calais, la orden para la destrucción del campamento de refugiados en el que George realizaba buena parte de sus grabaciones, decretada por el Gobierno Francés en connivencia con las autoridades británicas. Los indocumentados estaban preavisados: por el Ministro de Interior Francés Eric Besson, y por los voluntarios que se acercaron la noche anterior hasta el refugio de los inmigrantes, organizado espontáneamente en el 2002 tras el cierre del centro de Sangatte que gestionaba la Cruz Roja. Aún así, la mañana del 22 de septiembre del 2009, la policía detiene a 278 inmigrantes, 132 de ellos menores de edad. George lo filma todo, incluida la resistencia de los voluntarios, la entrada de los bulldozers y la demolición de las improvisadas viviendas. La justificación oficial, suscrita también por algunos medios españoles: la desarticulación de una red de tráfico de personas y el peligro que el campamento suponía para la seguridad de los vecinos. El día siguiente, el periódico La Croix publica en su editorial: “Una cosa es segura: la intervención en Calais no regulará la situación, sino que desplazará el problema, eso es todo. Como el cierre de Sangatte en 2002 no frenó que las personas ávidas siguieran trayendo extranjeros que no tienen más que un sueño: huir de la miseria o de la violencia de su país”. Después de la tormenta que supuso el desalojo, George filma los vestigios y los primeros retornos, e incluye el material grabado al final de esta película y en un montaje complementario, Les Éclats (2011), que en castellano significa “resplandores”.
EL FIN DE LA HISTORIA FRENTE AL FREE JAZZS
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Detrás de medidas como el desalojo de los campamentos de inmigrantes de la frontera entre Francia y Reino Unido está el endurecimiento de la política inmigratoria por parte del Gobierno de Nicolás Sarkozy y también los preparativos de los JJ.OO. de Londres que se celebran este año.


Se ha escrito de las películas de Sylvain George que son como una melodía de jazz, que una vez que empiezan no sabes hacia donde te pueden llevar y tampoco cómo pueden terminar. Quizás por ello, el cineasta francés se esfuerce en presentar para cada ocasión un montaje alternativo, en perpetuum mobile, de su película bandera, y no cesen de esparcirse epítomes o fragmentos de la misma.
El subtexto, y los aforismos visuales de Qu’ils reposent en révolte (Des figures de guerres I) son tan inagotables como ambivalentes. Mientras que con la elección del ángulo, la iluminación forzada, las ralentizaciones, los congelados y los fundidos parlados, Sylvian George reivindica la presencia inextinguible de esas “figuras de guerra”; con el corrimiento de los píxeles y el juego de las luces y las sombras alude al riesgo de su desaparición. Finalmente, la omnipresencia del fuego en las imágenes y en el diálogo de la película (los inmigrantes se sienten “calcinados por dentro”) y sobretodo esa iconografía recurrente de carreteras, vías ferroviarias, fronteras, muros y alambradas de espino no sólo aluden a la naturaleza trashumante del exiliado y a su eterno caminar, sino que también evocan el destino definitivo con el que se sojuzgó a un segmento de la humanidad en el candente Siglo XX. Más nos vale por eso atender a esa llamada que repercute sobre el último fundido a negro de Qu’ils reposent en révolte, y que nos dice: “¿Qué podemos hacer?, ¿qué podemos hacer? Europa, Europa, estamos sufriendo”.

Acerca del director

En su primera juventud, Sylvain George decidió que quería ser cineasta. Sin embargo, pasaron veinte años antes de que empezara a grabar sus primeras imágenes. Durante este periodo de “lactancia”, el realizador francés estudió Filosofía, Ciencias Políticas, Derecho, Historia y Cine, y trabajó en labores sociales al servicio de toxicómanos y ex presidiarios. Con su primera película, L’Impossible- Pages Arranchées (2009) se empiezan a gestar los fundamentos de un estilo cinematográfico inmediato y urgente, pero a la vez profundamente estético y respetuoso con la humanidad retratada (inmigrantes que recalan en Europa, fundamentalmente). Qu’ils reposent en révolte- Des figures de guerres I (2010), desarrolla el tema y los conceptos artísticos de su anterior película, al ofrecer el retrato desnudo y auténtico de los inmigrantes africanos que sobreviven en la ciudad de Calais, en el Norte de Francia, a la espera de una oportunidad que les permita franquear el estrecho de Dover para poder aspirar así a una vida mejor en Gran Bretaña. Por esta película obtuvo el Premio a la Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Buenos Aires (BAFICI), así como también el FIPRESCI que otorga la Crítica Internacional.
El Seminario Documental del Festival Internacional Punto de Vista, que se celebró entre el 22 y el 25 del pasado mes de febrero en Pamplona, dedicó una de sus retrospectivas a la obra del cineasta francés (quien entre el 2009 y el 2011 ha podido terminar seis películas, tres de larga duración). La Casa Encendida (Obra Social de Caja Madrid) recuperó esta programación durante el mes de marzo y celebró del mismo modo un Encuentro entre el público y Sylvian George.

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