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De pandemias y aprendizajes

La humanidad ha pasado por una situación límite, es decir una confrontación de gran magnitud que ha rebasado su capacidad de reacción y, por tanto, inevitablemente ha puesto al ser humano ante la didáctica de la crisis.
—Eliana Cevallos. Suiza

La microbiología impactó crudamente en lo macro, desde lo invisible hemos visibilizado nuestra vulnerabilidad y la fragilidad de muchos pilares sobre los cuales asentábamos nuestra sensación de bienestar y progreso.

Por unas semanas, la vorágine del rendimiento y la productividad tuvieron que detenerse. El miedo y la incertidumbre nos situó ante una nueva percepción de la cotidianidad. El confinamiento obligado agregó un nuevo ingrediente a nuestra visión de la vida y de nuestro vínculos afectivos.

El tiempo cambió de rostro. El ser humano volcado hacia la exterioridad tuvo que dar el salto hacia la interioridad. La casa recuperó su cualidad de hogar y miles de personas vivieron una cuarentena emocional con todos los desafíos que ello implica.

Y una escala inversamente proporcional, la crudeza del peligro global puso en evidencia la semejanza también global de nuestros valores: la salud y la necesidad de confiar en el cuidado recíproco.
La angustia que muchas veces bordeó el pánico destapó realidades sobre la salud que antes no habíamos observado con tanta nitidez. La salud amplió su comprensión más allá de las fronteras de la medicina descubriéndonos la fragilidad de los centros de cuidado; la problemática de la humanización de la sanidad, la muerte en solitario, la ausencia de políticas preventivas, la privatización excluyente, etc.

La cultura de la indiferencia hilvanada desde una industria del entretenimiento y de la persuasión ya no tuvo cabida. Todos queríamos información veraz y retomábamos la exigencia de ser actores en la vida pública, demandando a gobiernos y a organismos internacionales a actuar más allá de los intereses políticos.

Hecho que permitió que mirásemos la diferencia entre la lógica de la competencia y la lógica de la cooperación, entre la delegación y la corresponsabilidad.

Incluso la globalización adquirió un nuevo matiz. El virus dejó al descubierto la unidad en la diversidad y el equívoco de la fragmentación. La demanda colectiva clamó por la unidad. Unidad de los científicos, de los gobiernos, de los medios informativos, de las farmacéuticas, de los sistemas de salud, de las políticas migratorias, educativas, financieras y de producción.

crisis sanitaria, crisis económica

La fortaleza del progreso técnico científico también fue interpelada. La desconfianza en su confiabilidad se ocultó detrás de las teorías conspirativas sobre el origen del virus o sobre el posible control ciudadano por vías tecnológicas.

Los paradigmas reduccionistas cayeron otro tanto. Todos nos dimos cuenta de que la crisis sanitaria estaba ligada a la crisis económica, social, cultural, ambiental y climática y que nuestro accionar irresponsable con la naturaleza y la biodiversidad tuvo mucho que ver con la pandemia, máxime si todos fuimos testigos del impacto de la contaminación y de nuestra desmesura con la industria agroalimentaria.

Nuevamente advertimos la enorme brecha socio económica y su impacto en la agudización de factores de riesgo y de tensión social para poblaciones enteras. Se puso de manifiesto la enorme precariedad de millones de personas sin acceso al agua; y cuya realidad de supervivencia no admite las medidas de aislamiento social o de confinamiento. Realidad que diluye por completo toda fantasía de crear fronteras internas o candados sanitarios que no tengan en cuenta estas situaciones en un mundo globalizado.

la fuerza de la vecindad

A nivel doméstico, todos sentimos la necesidad de unirnos más allá de las diferencias, remitiéndonos a nuestra semejanza vincular, relacional, abierta al mundo y para el mundo. A nadie se le ocurrió afirmar que el aislamiento social fuese una manera natural de vivir. El despropósito de una sociedad basada en la fragmentación cayó como un castillo de naipes.

Desde los balcones de miles de ciudades las personas redescubrimos la fuerza de la vecindad, de la organización comunitaria y familiar. De balcón a jardín; de escalera a ventana; de parque en estacionamiento se compartió música, cantos, teatro, palabras, temores, cuidados, etc. Las redes sociales registraron un aumento impresionante no solo por cuestiones laborales y educativas sino también por motivos familiares, de cohesión grupal y fortalecimiento de comunidades.

Los aplausos a cientos de personas que antes eran invisibles y hasta desvalorizadas ponían rostro a la ética del cuidado desde el trabajo de los migrantes, los empleados de supermercados, policías, repartidores, cajeros, basureros, etc. Las tareas olvidadas en el rango del estatus social reclamaron su justo lugar. Nuestra mirada regresó a quienes nos procuran el alimento, cuidado y orden. Miles de aplausos que concretaron nuestra capacidad de sentir gratitud por lo realmente importante.

El reconocimiento a los empleados sanitarios resignificó por completo los argumentos que sostienen los ídolos de nuestro tiempo. Advertimos la diferencia entre la fama mediática del bienestar económico, del poder y la seducción ante la entrega, la vocación y el compromiso.

habilidades y deficiencias

Pero entre todos los escenarios que quedaron al descubierto en los meses más duros del coronavirus, hay uno que resalta por su importancia. Y es que en toda respuesta humana a una tragedia se puede observar las habilidades y deficiencias de una cultura, de sus instituciones y de sus colectivos.

Como hemos referido con anterioridad, hemos advertido nuestra cualidad de seres vulnerables, necesitados, con necesidad de confianza y de cooperación y ante ello, imagino que al lector le hace tremendo contraste el contenido de los mensajes del sistema económico imperante, pues justamente ataca esas cualidades: Ataca la confianza y la necesidad de los vínculos desde el individualismo y la competencia. Ataca la cooperación desde la codicia a costa de la libertad de otros. Ataca la vincularidad desde el aislamiento que produce el miedo de perder o el deseo de perpetuar el éxito. Ataca la respuesta local de la vecindad, de los colectivos desde un centralismo exacerbado. Ataca la verdad desde la persuasión y la manipulación para informar lo conveniente. Ataca nuestra vulnerabilidad al equipararnos a piezas que calzan en una maquinaria.

Un panorama que nos retira el telón y nos deja ver el escenario completo donde el guion principal lo tiene una enfermedad aún más severa que el mismo coronavirus: la pandemia psíquica del egocentrismo.

Una enfermedad de alto contagio que ha sobrevivido en el tiempo y que se agudiza especialmente en épocas de soberbia intelectual y fragmentación social. Una patología psíquica que lamentablemente ha entrado en las arterias de la cultura humana y a infectado a millones de personas de deseo de dominio, conquista y complejos de inferioridad y superioridad.

Una patología que sostiene una espada de Damocles sobre la humanidad entera; que produce una civilización asentada sobre la angustia y que desvaloriza la interioridad y cosifica a las personas reproduciendo violencia en todas sus formas.

pandemia psicosocial

Una pandemia que atraviesa nuestra cultura con una psicosis colectiva que altera la realidad desde ideas seductoras tejidas sobre miedos, angustias y obsesiones irracionales, cuya distorsión causa la normalización de lo anormal en el ser humano y nos pone en el filo de la navaja.

Una pandemia psicosocial que también hemos visto en esta situación límite y que, lamentablemente, no convoca con la misma urgencia a la élite, a los líderes, a los gobernantes y expertos; justamente porque muchos de ellos son adictos y adeptos a sus síntomas.

Una patología que en esta pandemia ha sido vivida por millones de personas, pero que por su cronicidad tiene la capacidad de volvernos a enceguecer y dejarnos desorientados en una especie de “olvido selectivo”. Un olvido que nuevamente nos pone a merced de la lógica del poder y de sus medios creativos de seducción donde el miedo es el arma de destrucción de todo anhelo de interioridad y, por tanto, de reflexión profunda.

la buena noticia de las vacunas

Esperamos la vacuna contra la Covid-19 para volver a la normalidad, pero no podemos permitir que esa normalidad nos arrebate lo que ya hemos visto. Es imperativo que todos nos comprometamos a detener la pandemia psicosocial de base. Nuestra propia configuración como humanidad está en juego.

La buena noticia es que nunca como hoy, la vacuna contra la patología del individualismo egocéntrico está tan a disposición de todos y en todas partes del mundo.

Basta con mirar nuestra propia experiencia en el confinamiento y recuperar la memoria colectiva de esos meses crudos y duros que compartimos. Detrás del miedo que todos sentimos, encontraremos los valores que cuidan esos temores; y detrás de esos valores encontraremos el cómo cuidarlos; y desde, allí se nos hará visible nuestra naturaleza y sus posibilidades.

recordar todo lo bueno

Estamos a tiempo. Recordemos esas imágenes de miles de voluntarios cosiendo mascarillas, preparando comida, entregando víveres, cuidando a sus mayores, protegiendo a sus vecinos, etc. Recordemos los aplausos, la convocatoria natural a unirnos en la diversidad; a cuidar de nuestro entorno y a reconocernos frágiles y necesitados. La sorpresa de mirar el cielo con un azul renovado o el regreso de los animales a los espacios urbanos.

Recordemos también los comportamientos disfuncionales para observar la lógica que los sostiene como, por ejemplo, el crecimiento de la violencia intrafamiliar, de la depresión, del suicidio, de las adicciones, del tráfico de personas, del terrorismo cibernético, de la agitación social y el regreso de fundamentalismos y culturas de sospecha. Desde los síntomas también se puede advertir la enfermedad global que nos aqueja.

Si no lo hacemos y nuevamente la ceguera de la pandemia psicosocial se propaga, las consecuencias pueden ser catastróficas. Se nos avecinan tiempos difíciles de desempleo, aumento de la precariedad, movilizaciones, inseguridad y miedos exacerbados. No volvamos a cometer el error de delegar nuestra responsabilidad en los expertos, en los políticos, en los Estados o en los supra Estados. Volver a la «normalidad económica» no es una opción, aunque nos presionen en tal sentido y vuelvan a infundirnos falsas esperanzas.

Es nuestro compromiso que la chispa del heroísmo humano repartido en todos los rincones del mundo termine por incendiar una profunda transformación y renueve nuestra búsqueda de la verdad.

La vacuna contra la pandemia psicológica que corroe nuestra libertad está en la raíz de esa chispa. Su lumbre será suficiente para que las demás pandemias biológicas en el presente o en el futuro sean retos sin guerras comerciales; aprendizajes sin sufrimiento innecesario; y, sobre todo, un llamado a la unidad para construir juntos el mundo que todos anhelamos.

La Covid-19 es una tragedia, pero no olvidemos las otras pandemias. No retornemos a un reduccionismo biologicista que anula la visión total de nuestra existencia.

Al fin y al cabo, como dijo Jaspers, compartimos un mismo destino: trascender las fronteras de lo finito. 

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