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Hospital de Campaña de Santa Ana en Barcelona
Desde el Hospital de Campaña: de sin papeles a sin techo

<span style='color:#27509b;font-size:18px;font-weight:500;'>Hospital de Campaña de Santa Ana en Barcelona</span><br> Desde el Hospital de Campaña: de sin papeles a sin techo

Si no tienes vivienda no puedes empadronarte y si no estás censado es difícil acceder a la tarjeta sanitaria y a la escolarización. Filipinas en el servicio doméstico que se habían quedado en la calle, mujeres latinas cuidadoras de ancianos que se estaban sin trabajo por defunción, enfermedad o reorganización del cuidado, trabajadores de la construcción y empleados de hostelería y restauración que de la economía sumergida pasaban a la nada… Os contamos una historia de impotencia, de acogida mutua y de milagros tan ordinarios, que son extraordinarios.
—Peio Sánchez. Barcelona

bajar un peldaño

En el peldaño más bajo de la vida social se encontraban las personas migrantes sin papeles. El hecho de no tener regularizados los documentos tiene dos consecuencias graves: no poder acceder el trabajo reglado y no poder alquilar regularmente una vivienda. Si no tienes vivienda no puedes empadronarte y si no estás censado es difícil acceder a la tarjeta sanitaria y a la escolarización.
Al comienzo de la pandemia nuestra experiencia en el pequeño Hospital de Campaña de Santa Ana en el centro comercial e histórico de Barcelona fueron las colas del hambre. Han pasado más de 2.000 personas y se han repartido 19.500 picnic de desayuno, comida y cena, muchas de ellas mujeres con familia detrás. Filipinas en el servicio doméstico que se habían quedado en la calle, mujeres latinas cuidadoras de ancianos que se estaban sin trabajo por defunción, enfermedad o reorganización del cuidado, trabajadores de la construcción y empleados de hostelería y restauración que de la economía sumergida pasaban a la nada. Las situaciones más graves eran migrantes recién llegados, que les había sorprendido la pandemia con una pequeña red social de acogida de parientes o amigos y sin recursos.

El paso de diez meses (de marzo a diciembre) ha supuesto para un grupo amplísimo de personas que ejercían de forma irregular de cuidadoras, empleadas de hogar, albañiles o camareros la aniquilación de ahorros y recursos. A partir de junio a esto se añadía la incertidumbre sobre sus familias en los lugares de origen. En este sentido, particularmente los latinos han sufrido muchas pérdidas de padres, hermanos, familiares y amigos. Con un dolor frío y seco en la distancia que desnuda el luto hasta la angustia o la depresión. La fe aquí fue la única roca para muchos de ellos.
La burocracia del Estado lenta por naturaleza, ahora estaba parada en el confinamiento y el teletrabajo. Sin medios para conectarse a internet, sin la cultura del acceso digital, con las páginas web colapsadas, ante la imposibilidad de acceder a citas previas y ausentes los profesionales tras las líneas de teléfono. Además, ninguno de nuestros amigos era destinatario de las ayudas. No tienen ERTE porque no están contratados, y son desahuciados porque no tienen ningún derecho al vivir realquilados de forma ilegal. Además no pueden acceder al Ingreso Mínimo Vital por no cumplir los requisitos de residencia legal de un año, no vivir independientemente (¡están en habitaciones realquiladas!) y no ser demandantes de empleo (ya que no tienen papeles).

En medio de este tsumani procuramos acoger, escuchar y apoyar a las personas. Un grupo de 50 familias en situación normalizada han ido acompañando a más de 200 grupos familiares vulnerables. Familias acompañando familias, lo importante el vínculo. La alimentación era vital para que los pocos recursos puedan garantizar la vivienda. Pero surgen otras necesidades. Así el miedo a acudir a un centro de salud para no ser identificados, la dificultad de acceder al dentista o el tratamiento psicológicos en situaciones de duelo o de maltrato concretamente de mujeres y niños. Todo oculto, tapado en silencio.

Hoy vamos viendo que muchos de nuestros amigos, ante nuestra impotencia, bajan todavía un peldaño en la espiral de pobreza: la calle..

Nuestro pequeño servicio de urgencias

Nuestra gente son los que viven sin hogar. Cada día 140 personas pasan por nuestra pequeña acogida para desayunar y comer caliente y llevarse la cena. Desde este encuentro de fraternidad se fragua la amistad y vínculo de seguimiento. La mayoría son hombres, sorprendentemente jóvenes, migrantes en situación irregular y que llevan menos de dos años en esta situación. Principalmente duermen en la calle, en algunos asentamientos y unos pocos duermen en albergues o en habitaciones “ilegales”. Las mujeres son pocas, pero en situación mucho más grave con historia muy duras detrás. Casi todos los que se nos acercan llevan poco tiempo en el fondo del pantano. Por eso mantienen vivas ilusiones, proyectos, disponibilidades.

Nuestra primera acogida es mostrar que no están solos. Con las dificultades de comunicación que imponen las medidas sanitarias, las distancias se hacen barreras casi infranqueables. Aprendemos las miradas, los golpes en el hombro, la escucha en voz demasiado alta para narrar vivencias muy íntimas y también las mascarillas mojadas por las lágrimas.

Tenemos la experiencia que la hospitalidad es milagrosa. Saca lo mejor de las personas. Convoca a los jóvenes que dan un giro al volverse al dolor de los otros. Quita los miedos y potencia la creatividad sensata capaz de cuidar cuidándose. Hace posible el encuentro por los mil medios virtuales y presenciales. La generosidad se multiplica. Nos falta de todo y no nos ha faltado de nada.

Nuestro código de seguridad

La experiencia de la pandemia nos ha dejado unas normas que se ha ido haciendo cada día más normales. Os las pasamos por si os pueden inspirar: Nos cuidamos cuidando; la normalidad también es estar fuera de norma; si todo no irá bien, habrá una salida; resistimos porque nos doblamos; la mascarilla nos enseña a mirar a los ojos; nos quedamos en casa porque cabemos todos; también se puede abrazar con el espíritu; el misterio de la bondad se contagia en el silencio; nos lavamos las manos porque nos las ensuciamos; nuestro hogar son las personas…

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