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Jóvenes españoles que construyen Ginebra

Jóvenes españoles que construyen Ginebra

esu94port-300x184-6261248Universitarios y experimentados, los españoles que han huido de la crisis hace tres años encontraron un trabajo más pronto que una vivienda. Sin embargo, los últimos que han llegado ya tienen dificultades.

El “Kraken”, el terrible pulpo gigante, ha resucitado no muy lejos del barrio de ‘Plainpalais’ (Ginebra). Más bien en la calle de ‘l’Ecole-de-médecine’, donde el mítico monstruo marino ha dado su nombre a uno de los numerosos bares que animan la vida nocturna de Ginebra. En el ruido continuo de voces y jarras de cerveza que se entrechocan, casi pasarían desapercibidos. ¿Ellos? Los españoles. Solo ellos casi llenan completamente la primera sala del “Kraken”, como cada viernes por la noche después de sus jornadas laborales.
Procedentes de la primera ola de emigración española, camareros, chicas que viven con una familia para cuidar a los niños (filles au pair) y arquitectos están de pie alrededor del mostrador de zinc con una cerveza o un vaso de vino en la mano. La crisis empezó en el 2008, pero les dio de lleno a partir del 2010. Algunos han llegado a Suiza hace tres años. Otros hace tres días. Tienen entre 25 y 35 años, tienen uno o más diplomas universitarios, y la mayoría han trabajado algunos años en España antes de probar fortuna en el extranjero.
UN EMPUJÓN LLEGADO DE BERNA
“En Escocia donde hice un año Erasmus, compartía piso con chicos de Berna. De retorno a mi país, con una situación económica difícil, les he contactado por e-mail”, cuenta José Bru (32 años), arquitecto español llegado a Suiza hace un año. “Acababan de ver un reportaje sobre la crisis en España y se han propuesto ayudarme.” José envía algunos currículum vítae a empresas suizas. Al obtener rápidamente varias entrevistas de trabajo, llega a principios de abril a casa de sus amigos de Berna, que lo alojan durante una semana. Después de pasar unos diez días entre Zurich, Château-d’Oex, Lausanne y Ginebra, contratan a José en la ciudad de Calvin. Y obtiene su permiso de residencia B. En España, un año no le había bastado para obtener una simple entrevista…
Dos meses después de su llegada a Suiza, su pareja Lola Rodríguez –también arquitecto– y el hijo de ambos, de dos años, se reúnen con él. El único problema (¿pero hay algo sorprendente en esto?): la vivienda. “Hemos encontrado algo en subarriendo para el verano. Desde entonces, es imposible firmar un contrato de alquiler”, explica Lola. ¿Y la guardería? “Hay una lista de espera de dos años. Tenemos a una persona durante el día. Si encontramos un trabajo en otra ciudad, no lo dudaremos”. El año pasado, en el despacho de arquitectos donde trabajaba en España, las cosas empezaban a ir mal cuando José encontró un trabajo en Suiza: “los atrasos en los pagos de los salarios eran cada vez más frecuentes. No ha sido difícil dejar mi puesto de trabajo”.
Se anima el ambiente. Y siguen las charlas en español. Después de hablar de la vivienda y del trabajo, los expatriados evocan la crisis en España, recuerdan a la familia y a los amigos que se han quedado allí. Al hacer abstracción de los otros clientes que se han quedado sentados tranquilamente en sus mesas, casi parece que estuviéramos en un bar de tapas de Madrid (pero sin las tapas). Beatriz Brox (36 años) ha optado por un taburete cerca de la entrada. Encinta de 5 meses y medio, vive con su pareja Juan en Ginebra desde hace dos años. Ellos también son arquitectos. “Tenía un trabajo en España. Pero Juan pasaba de un trabajo precario a otro y veía como la empresa en la cual desempeñaba mi trabajo recibía cada vez menos mandatos. Cuando dimití, solo quedaba un empleado y eso que éramos ocho cuando empecé”. Las búsquedas se orientan hacia Suiza, Inglaterra y Canadá. Las respuestas son todas negativas salvo en Suiza donde los contratan un mes apenas después de su llegada. “Algunos despachos han intentado aprovecharse de la situación”, recalca Beatriz, a la que han propuesto un contrato para unas prácticas por 2.250 francos al mes, a pesar de tener dos másteres y muchos años de experiencia (un arquitecto suizo gana unos 5.000 francos a partir del primer año).
HIJO DE OBRERO
Solteros o en pareja, con o sin hijos, los arquitectos españoles parecen haber encontrado su felicidad en Ginebra. “Pero las cosas están cambiando”, señala Paulo Costa (31 años), el cual, después de un Erasmus en Ginebra, ha retornado a España antes de volver a Suiza por la crisis. “Hace tres años, las ofertas de empleo eran muy numerosas en Ginebra. No era obligatorio saber francés y los salarios eran correctos. Hoy la demanda ha aumentado muchísimo. En mi despacho, donde solo somos tres, recibimos 3 o 4 currículum vítae por semana, muchos de Italia o de Portugal”. A los que buscan trabajo se les exige hablar francés y a veces aceptan ser peor pagados. Signo de los tiempos: en Ginebra, Paulo es el único de su grupo cuyos padres son obreros. Su padre y su abuelo han pasado, por cierto, parte de su existencia trabajando duro en obras en Suiza.
ESCRIBIR PARA DESAHOGARSE
Si la mayoría de estos jóvenes inmigrantes están muy cualificados, todos no están al frente de una obra. Roberto Castro (29 años) está en Suiza desde hace seis meses. Viene de Coruña donde ha estudiado cuatro años para ser ingeniero agrónomo. Luego un año y medio para obtener un postgrado en comunicaciones. Se va a Londres con 600 euros en el bolsillo con el fin de aprender inglés para completar su currículum vítae. Trabaja en un restaurante y en un pub donde lo ascienden a manager. Pero el salario no sube lo que debiera. “Tenía familia en Suiza que me podía acoger. Por eso lo intenté”, explica Roberto.
“La ciudad la he descubierto andando llamando a las puertas y distribuyendo currículum vítae, pero solo he encontrado un trabajo de limpieza en oficinas. Dos horas al día. Lo hice durante tres meses y medio, lo que me permitió obtener el permiso de residencia B”. Un tiempo difícil. “Tener que quedarse parado sin hacer nada, sentir impotencia. Es deprimente pero hay que luchar”.
¿Su vía de escape? Un blog. “Empecé en Londres. Una ciudad que puede llegar a ser muy dura para los recién llegados. Con una amiga que se quedó en España, maestra, desgraciadamente sin trabajo, hemos escrito un periódico con forma de diálogo para liberar el estrés y las frustraciones”. Una manera de protestar a la cual recurren decenas de miles de españoles. Emblemático: la página www.nonosvamosnosechan.com reúne miles de testimonios de los cinco continentes.
Hoy, Roberto ha encontrado un trabajo al 100%. “De camarero en un bar cerca de la plaza del Circo. Estoy contento de estar en Suiza. Se vive bien. Aquí la justicia social existe, se siente una cierta empatía en la gente. En España, es todo lo contrario: los que violan alegremente la ley y roban, se les ve en la televisión recibiendo recompensas”.
Un sentimiento de impotencia compartido por Irene Tomé (25 años) y Laura Iglesias (29 años), ambas especialistas en recursos humanos y cuidadoras de niños (filles au pair) en Ginebra desde hace menos de un año. “Después de haber estudiado, todo a lo que puedo aspirar en España es trabajar en un supermercado, si tengo suerte. Aquí, mi trabajo no tiene nada que ver con mis estudios pero al menos tengo un salario correcto”, explica Laura.
¿Y “el espíritu aventurero” invocado recientemente por la responsable española de la inmigración Marina del Corral para explicar la ola de salidas de los jóvenes? ¡El quedarse en España, eso es lo venturoso en estos momentos!” contestan los españoles del “Kraken” antes de pedir otra cerveza.

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