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No perder el estatuto de los hijos para recaer en la sumisión de los siervos

No perder el estatuto de los hijos para recaer en la sumisión de los siervos

puntodevista91_2-300x220-4680196El 11 de octubre de 1962 comenzó el Concilio Vaticano II, calificado por muchos como el acontecimiento de más importancia en el siglo XX para el catolicismo. Como en tantas ocasiones, alabado por unos y rechazado por otros. Aún hoy, sigue siendo denostado por muchos católicos. La teóloga Dolores Aleixandre reflexiona sobre dicho acontecimiento.

1. UN PRECEDENTE: EN LA NORMATIVA ECLESIAL APARECIÓ UNA FISURA
Religión y normas caminan de la mano y se entienden de maravilla. Las normas esconden siempre la pretensión de erigirse en soberanas para regirlo y controlarlo todo y como nos descuidemos, se salen con la suya y nuestra conciencia pierde su margen de reserva y se somete sin rechistar. Pero a veces ocurre algo inesperado que lo trastoca todo (este ejemplo se lo oí a J.A.García Monge): en marzo de 1957 un motu propio de Pío XII cambió la normativa del ayuno antes de comulgar, reduciéndolo a tres horas en vez de doce  para los alimentos sólidos y una para las bebidas. ¿Y eso qué importancia tiene? se preguntará alguno. Pues muchísima, porque el tema se nos grababa a fuego en la preparación a la primera comunión. Los ejemplos de incumplimiento eran tremebundos: si un  niño comulgaba, nos decían, después de haberse comido un caramelo, cometía un sacrilegio y si se moría esa noche, se iba de patitas al infierno.  Traten de imaginar los nacidos después de esa fecha el shock que supuso el cambio para las conciencias y las peligrosas conclusiones que empezamos a sacar: “Entonces, si el 18 de marzo bebía agua antes de comulgar, podía condenarme para siempre mientras que si lo hago el 20 de marzo, desaparece la amenaza…” De pronto, una normativa que reinaba majestuosa e inapelable sobre los católicos dejaba de ser algo absoluto y volvía al lugar secundario del que nunca debió salir. Una piedra minúscula había provocado en ella una fisura casi invisible que la dejaba ya  en irremediable estado de fragilidad.
Cuentan que un obispo dijo al terminar el Concilio: “La cristiandad ha muerto ¡viva el cristianismo!” y  Paul Ricoeur comentó después: “Yo hubiera preferido decir: “La cristiandad ha muerto ¡viva el Evangelio!”.
Según J.M. Rovira Belloso la Iglesia tendría que escribir sus normas con la humildad del que escribe con lápiz, pero muchos sectores eclesiales añoran hoy volver a la tinta china para redactar urbi et orbe sus normas y costumbres.
2. UN PAPA QUE NO TENÍA MIEDO
El miedo es esa experiencia central del vivir humano cuando afrontamos la realidad de la muerte en cualquiera de sus formas. Por eso es una emoción reactiva que aparece en nosotros cuando sentimos que estamos en presencia de una amenaza para la cual no tenemos un sistema de defensa adecuado.
No solo en la Biblia encontramos personajes que pierden el miedo: vamos a acercarnos a alguien tan significativo para nosotros como Juan XXIII para ver cómo el Espíritu realizó en él este trabajo de ayudarle a vencer el miedo. Cuentan de él que, cuando convocó el Concilio y su secretario le dijo: “Santidad, ¿se ha dado cuenta de que tiene toda la curia en contra?”. Y él le contestó: “Sí, cuenta ya me he dado, lo que pasa es que no hace mucho, cuando estaba rezando, me di cuenta de que tenía el amor propio debajo de los pies”. Y si tenía el amor propio debajo de los pies, también el miedo estaba dominado y por eso le fue posible tomar una decisión arriesgada que revolucionó la Iglesia. Esa actitud que quedó clara en su discurso de apertura del Concilio: “En el cotidiano ejercicio de nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de personas que, aunque con celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Tales son quienes en los tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación y ruina. Andan diciendo que nuestra época, en comparación con los tiempos pasados, ha empeorado, y así se comportan como quienes nada han aprendido de la historia, la cual sigue siendo maestra de la vida… Nos parece justo disentir de estos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos” (Discurso de apertura del Vaticano II, 11 octubre 1962).
Y también en otros textos:
“El fondo de mis sentimientos es la consolación. (…) Algunos dicen que el papa es demasiado optimista, que no ve más que lo bueno por todas partes. Pero yo no sé apartarme del Señor, que no ha hecho más que difundir el bien y que, más que en el “no”, ha insistido siempre en el “sí”.
“Un orden nuevo se está gestando y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, (…) Todos los motivos de dolorosa ansiedad que se proponen para suscitar la reflexión, impresionan sobremanera a algunos espíritus que sólo ven tinieblas a su alrededor, como si todo este mundo estuviera envuelto por ellas. Nos, sin embargo, preferimos poner toda nuestra firme confianza en el divino Salvador de la humanidad, quien no ha abandonado a los hombres por él redimidos. (…) Nos, creemos vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas para tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad” (Discurso de apertura del Vaticano II).
Estas palabras de Juan XXIII recuerdan el “no temas” bíblico. Y siguen siendo actuales porque hoy en la Iglesia necesitamos quitarnos el miedo unos a otros, regañarnos menos y querernos más, decirnos más palabras de aliento que de reproche, visitarnos unos a otros como una presencia materna, según aquella intuición genial de Francisco de Asís que quería que los hermanos, por turno,  fueran madres unos para otros. Cada uno de nosotros está convocado a la creación eclesial de este talante de confianza y de pérdida de miedos que es siempre obra del Espíritu.
El sentido del humor era en él otra huella preciosa del paso del Espíritu: cuando un alto dignatario vaticano le preguntó por qué tenía tanto interés en aprender el alemán a su edad, contestó con una sonrisa de picardía: “Verá, es que de mi predecesor (Pío XII) he heredado, entre otras cosas, también los canarios. Pero tanto él, que disfrutaba a diario con ellos, como sor Pascualina que los atendía, solo les hablaban en alemán. Y yo no tengo más remedio que aprender este idioma para que podamos entendernos”.
¿No es genial que alguien aprenda alemán para entenderse con sus canarios?
3. QUÉ NOS HA DEJADO EL CONCILIO
Nos permitió vivir la experiencia de que lo que parecía inmutable, mutaba, lo atado se desataba y lo petrificado se derretía. Y eso grabó en nuestras conciencias  la convicción de que lo esencial del Evangelio es muy poco y casi todo lo demás es cuestionable, reversible y adaptable. Se desmoronaban las murallas de la Jericó eclesial y se invitaba a todos pasear por sus parques y avenidas: la llamada  a la santidad dejaba de ser propiedad privada de clérigos y religiosos y se convertía en una vocación universal que nos igualaba a todos. La Biblia, considerada libro sagrado e inaccesible en vitrinas herméticas, se convertía en Palabra viviente, se instalaba en la mesa camilla de nuestra casa y viajaba con nosotros en transporte público. La liturgia se sacudía  las sandalias de tanto polvo de rituales arcanos y vestimentas extrañas y  la Eucaristía volvía a ser Pan roto y compartido que circulaba en la comunidad de hermanos y hermanas. Lástima que  faltaran estrategias pedagógicas para explicar los cambios y un optimismo demasiado ingenuo y poco previsor:  impidió calcular el poder que iban a seguir ejerciendo los sectores reacios al Concilio  que, con la curia vaticana a la cabeza,  ejercían  mando en plaza y tenían en su mano la palanca del freno.
Cambió nuestra mirada sobre el mundo: en vez de contemplarlo como alejándose irremisiblemente de Dios y amenazando a la Iglesia, se nos ha invitado a confiar en la presencia fiel de Dios y en su amor irrevocable a la humanidad.
Cambió nuestra mirada sobre la Iglesia: llamarla “Pueblo de Dios” consiguió que le caducara el código de barras al anterior “modelo piramidal”. Esta nueva imagen conecta tanto con  la propuesta evangélica de circularidad fraterna (en la que la silla del Padre vacía, en expresión feliz de Carlos Domínguez) que sigue manteniendo su poder de atracción a pesar de los intentos de sofocarla.
Emergió la dignidad de la conciencia, con la belleza de Eva en el jardín de la creación y salieron huyendo como sabandijas un sin fin de normas, rúbricas, prescripciones y observancias inverosímiles que se habían ido colando por las rendijas de la praxis cristiana. Ahora intentan volver a colarse y unos cuantos estarían encantados de su retorno, pero la conciencia cristiana adulta se ha enderezado como aquella mujer encorvada del Evangelio: ya no estamos dispuestos a perder el estatuto de los hijos para recaer en la sumisión de los siervos o en el infantilismo de los menores de edad.

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