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Ser médico… y emigrante: un viaje de ida y vuelta

Ser médico… y emigrante: un viaje de ida y vuelta

entreculturas89_2-267x300-4410883Si alguien me hubiera dicho hace una década que acabaría ejerciendo la medicina en lugares tan diferentes como Stenungsund (Suecia), Liverpool (Reino Unido) y Bruselas (Bélgica) no le hubiera tomado muy en serio. Para un médico que acababa de estrenar su especialidad, y cuya experiencia podía ser resumida en un par de líneas, léase dos o tres meses de sustituciones durante el verano y un fin de semana alterno al mes como médico de atención continuada, ir a trabajar al extranjero no era una propuesta muy realista.

Si a este hecho, añadimos que era incapaz de manejarme en inglés y que mis conocimientos de francés eran las clases del colegio y del bachillerato, pues, la cosa estaba clara: «Eso sólo pueden hacerlo los demás». Es decir, los que han practicado la medicina durante años y pueden suplir con la experiencia la falta de inglés o aquellos con un buen inglés y espíritu aventurero. En cualquier caso, no estaba en ningún grupo.
Pero las dificultades para encontrar trabajo en aquella época (principios del 2000) hacían plantearse constantemente si tenía sentido ejercer la profesión solo fines de semana alternos, sustituciones de un día, y períodos estivales o navideños. Los conocimientos adquiridos en la carrera y las habilidades incorporadas durante la residencia aguardaban la ansiada «plaza fija» o «de interino» para ponerse al servicio del paciente. Las actividades de los sustitutos eran tareas administrativas y consultas más o menos urgentes. Con ese panorama, y de tanto ir y venir a la oficina del paro, acabé teniendo amistad con la funcionaria que rellenaba mis papeles cada semana. Un día me comentó: «los suecos buscan médicos ¿quieres echar un vistazo al trabajo?». Y… eché el vistazo y el currículum para solicitar la entrevista.
SUECIA
Por supuesto acabé en Suecia. Era el 7 de enero del 2001. Balbuceando sueco, intentando aprender inglés y, aunque maravillada por la nieve, un poco preocupada por la intensa oscuridad de Gotemburgo en las horas tempranas del mediodía.
Pasé un año en Suecia. Me gustó. La dificultad añadida del idioma, la diferencia cultural y el desarraigo me estresó. Pero la experiencia me afianzó como médico y como persona. Entre otras cosas sobre todo aprendí lo que era ser una emigrante. Aunque de lujo, porque llegaba con contrato de trabajo pero era una emigrante. Una emigrante que podía ser buen médico, pero que era una extranjera que no dominaba el idioma. Una emigrante que era especialista, pero a la que no reconocían la especialidad. Una emigrante a la que se consideraba menos y que cobraba menos que los compañeros nativos aunque todos realizábamos el mismo trabajo.
La dificultad de comunicación por razones del idioma y del carácter, en las relaciones con mis compañeros proporcionaba a mi estancia cierta dosis de estrés. La falta de luz, la diferente alimentación, las nevadas interminables y lo que yo consideraba un «de segunda» me hicieron replantearme si la salida había sido positiva. Con la perspectiva que da el tiempo hoy sé que sin duda lo fue. Pero entonces no estaba segura y me planteé volver a España. Aunque eso significaba reconocer «mi fracaso» en el extranjero.
¿VOLVER O QUEDARSE?
La situación en España no era mejor que la que había dejado un año atrás ¿Volver o quedarse? La respuesta vino con una oferta de trabajo del Reino Unido que aterrizó en mi correo electrónico. Fui a Manchester a hacer la entrevista y al año siguiente, en febrero del 2002, al Reino Unido. Recalé en Liverpool y viví la experiencia como una mejora: las islas estaban más cerca de Madrid que Suecia; el contrato y el sueldo parecían más interesantes y encontraba más ventajas a hablar inglés que sueco. Nunca me arrepentí del cambio. El día a día en Gran Bretaña me proporcionó tal riqueza de experiencias como profesional y como persona que no dudo en recomendárselo a aquel que me plantea irse «por un tiempo». Se aprende a ser un médico extranjero en el extranjero.
Los pacientes te enseñan que es posible entenderse, aunque en ocasiones ellos hablen el idioma del país nativo o de acogida peor que tú, que eres el profesional. Se aprende que las enfermedades se manifiestan de manera distinta en distintos lugares; que los síntomas, diagnósticos y tratamientos son los mismos, pero matizados por la cultura del profesional, del paciente y de las posibilidades del país en el que se desarrolla la actividad sanitaria. La visión con perspectiva hace que se valore positivamente el sistema sanitario español y, gracias a la experiencia comparativa adquirida en la realidad diaria, se detectan también las deficiencias y los aspectos en los que es mejorable. Los compañeros aprecian la buena formación que tenemos los sanitarios españoles, pero nos achacan las dificultades que tenemos para trabajar en equipo. Se aprende a respetar y a valorar que las mismas cosas se pueden hacer de formas diferentes. El respeto exquisito sí es una virtud nórdica y especialmente británica: se respeta al otro, al colega, al paciente y al compañero. Yo he disfrutado trabajando en equipos en los que unas veces era la única extranjera y otras veces la única europea.
Constaté que la formación que había recibido en mis años en Cartagena era tan buena que me permitía ser médico en el extranjero aunque mis conocimientos de inglés fueran limitados. Me han hecho sentirme un buen médico. Es lo que me dicen, y el tono no es de «cumplido», los que dejé allí hace ya casi tres años. Hubo momentos difíciles. Ser emigrante no es fácil. Quizá lo más duro es asumir la minusvaloración de partida con la que se clasifica al emigrante: ciertos trabajos no son para ellos o al menos para médicos emigrantes de determinados países –yo aún conservo copia de una carta de 2004 del Ministerio de Justicia británico en la que se me deniega el acceso a una plaza de trabajo «porque soy española y España no pertenece a la Unión Europea» [sic]–, aunque España perteneciera desde hacía años a la Unión Europea.
LA SITUACIÓN EN ESPAÑA
Toda esta trayectoria me lleva a la situación que vivimos los profesionales sanitarios en España. Que se lo digan a los compañeros médicos extranjeros que comparten el trabajo con nosotros. La incomprensión de los pacientes, de los compañeros y de la administración a la hora de hacer «contratos basura» aparece de manera más o menos consistente en los países de acogida. Pueden quedar mejor o peor disimuladas con mecanismos «políticamente» correctos pero están ahí. Solo tenemos que preguntar al compañero de Latinoamérica, de Rumania, del Magreb… porque, al igual que en Suecia, en Reino Unido y en Bélgica, en España también tenemos esa doble moral que diferencia a los individuos provenientes de países pobres o ricos: el trato a los extranjeros de las colonias noruegas, británicas o alemanas es muy diferente del que reciben los emigrantes de El Ejido. Y, aunque podemos excusarnos y decir que los primeros pertenecen a la Unión Europea y los segundos no,… en mi experiencia emigrante, yo también era «europea» cuando aterricé en Suecia en 2001 o en Liverpool en 2002, pero el estatus de los médicos españoles no lo era. Es cierto que esas barreras se superan con el trabajo serio y el paso del tiempo y acabas siendo «Teresa» y no «un médico extranjero» tanto para pacientes como para colegas, para los vecinos que te conocen y para los amigos.
Después de volver a España en 2010 me quedó ese gusanillo de salir del horizonte cotidiano que puede limitarnos si se convierte en un mundo cerrado en el que a veces voluntaria o inconscientemente nos encerramos. Salir a trabajar al extranjero te proporciona la curiosidad necesaria para contemplar las cosas desde una óptica diferente. Las experiencias son cada vez más enriquecedoras. No solo las que recibes, sino las que aportas. Porque ahora cuando salgo de España también aporto y enriquezco a los otros con mi experiencia. Eso es lo que estoy haciendo ahora: conocer el funcionamiento de la medicina preventiva en un hospital belga ubicado en la capital de Europa y compartir con sus responsables, la Dra. Marckiewicz y Mme Dedecken (médico y enfermera), nuestras experiencias profesionales. La importancia y la riqueza de compartir y descubrir nuevas experiencias supera, sin lugar a dudas, la incomodidad de tener que hacer la maleta, dejar tu casa y salir de viaje una vez más.

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