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Bajo el imperio económico alemán

Bajo el imperio económico alemán

temas_candentes89-7936091A partir de la gran crisis de 2008 y, sobre todo, a partir de 2010, la eurozona vive en contante zozobra. Hay países, como Grecia, que desde el fondo del abismo estiran el brazo para no descolgarse de la máquina de progreso que es la UEM. Hay otros, como Alemania, que, desde la cima, se inclinan para elevar al caído, pero cobran demasiado cara esta aparente generosidad. La eurozona se mueve entre el abismo (Grecia)
y la cima (Alemania).

Es innegable que Portugal, Irlanda, Grecia y España han venido incumpliendo las limitaciones de endeudamiento y control presupuestario al que están obligadas. Es también notorio que, con motivos, Europa no se fía ni de los datos que facilitan ni de los compromisos de futuro a que se obligan. Grecia en dos ocasiones y Portugal e Irlanda en una han tenido que recibir copiosas sumas de la UE (rescate) para evitar la quiebra. España estuvo a punto también de ser intervenida, pero una serie de recortes de gasto lo evitó de momento..
BAJADA DE LA PRIMA DE RIESGO
Con el nuevo Gobierno, la prima de riesgo, es decir, el plus de interés pagado por España para obtener nuevos préstamos ha bajado casi un 40%, lo que quiere decir que el riesgo de intervención se aleja. Desde luego, esta mejora del horizonte europeo de España no se debe a la cara bonita de Rajoy, sino a que el nuevo Gobierno ha mostrado la decisión firme de seguir tomando las mismas medidas que, en 2005, tomó Alemania, el país que mejor ha gestionado la crisis y que se ha hecho merecedor de poseer, no sólo la llave económica de Europa, sino también, y esto es muy importante, la llave narrativa, pues las exigencias alemanas terminan siendo las únicas creíbles por eso que llamamos mercados, que somos todos, desde el Banco Central Europeo hasta el último de los consumidores.
LAS REFORMAS ALEMANAS
En 2008, Rodríguez Zapatero aún vendía alegrías y hablaba con notable desparpajo de que «España jugaba en la Champions League de la economía». Tres años antes, en 2005, la rica Alemania, gobernada por el también socialista Schröder, ponía en marcha la más dura reforma laboral desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los recortes de Schröder dejan pequeños a los españoles. Bajó los salarios entre el 15 y el 20 por ciento para equipararlos a los franceses (20 % más baratos); redujo el período de percepción del subsidio de paro de 32 a 12 meses y después de ese tiempo los desempleados pasan a ser atendidos por el Auxilio Social; disminuyó la ayuda social de los parados de larga duración de 526 euros a 345 euros mensuales (331 en el territorio de la antigua República Democrática); no impuso obligación fija de indemnizar por despido sino tan sólo la de pactar entre el empresario y el trabajador la cuantía compensatoria por la rescisión del contrato..
NOBLES Y PARIAS
Los efectos de las reformas alemanas son positivos para la creación de empleo y negativos para la equidad laboral. El desempleo se redujo a la mitad y sigue reduciéndose considerablemente: a finales de 2011 había 2.780.000 parados (6,6% de la población activa), 231.000 menos que a finales de 2010. Es la tasa de desempleo más baja desde la reunificación alemana (1989). En cambio, la creación de varios millones de mini-empleos (mini-jobs) está fracturando el mundo del trabajo en dos clases que terminarán enfrentadas: la de los nobles con trabajo estable y la de los parias mini empleados.
ESPAÑA, A IMAGEN Y SEMEJANZA DE ALEMANIA
La excelente recepción en la UE y en la OCDE de la reforma laboral española se debe a que, a diferencia de las reformas griegas y de la aprobada por Rodríguez Zapatero, resulta creíble y homologable con la que ya pusieron en marcha los dueños de la narrativa. Es en gran medida un eco de la reforma alemana de 2005, con la que coincide en los propósitos (persiguen hacer a la empresa más atractiva y fácil la contratación) y en las estrategias (ventajas para la empresa y merma de derechos sociales de los trabajadores). La reforma española establece algunas medidas muy claras en este aspecto:
a) Abarata el despido. Cuando durante tres trimestres consecutivos desciendan los ingresos, la empresa podrá despedir con una indemnización de 20 días por año trabajado; con carácter general, en los contratos indefinidos se rebaja la indemnización por despido de 45 a 33 días por año con un tope máximo de 24 mensualidades (hasta ahora 42).
b) Simplifica el despido colectivo. Desaparece la exigencia de autorización administrativa previa para los Expedientes de Regulación de Empleo (ERE), de forma que los despidos colectivos sean fáciles, rápidos y baratos.
c) Incentiva la contratación. Establece para los trabajadores menores de 25 años la posibilidad de contratos de formación y aprendizaje, que tendrán una bonificación del 100% en las cuotas de la Seguridad Social y podrán pagarse salarios inferiores al salario mínimo interprofesional. Se crea, además, para las PYMES de menos de 50 empleados, un contrato indefinido con un año de prueba, durante el cual el trabajador podrá ser despedido con coste cero. Además de otras ventajas, por el primer contratado la empresa recibirá una bonificación de 3.000 euros.
d) Flexibiliza las condiciones de trabajo. Por razones de competitividad, con una simple notificación, el empresario puede cambiar las condiciones de trabajo: jornada, horario, turnos y remuneración salarial. El trabajador tendrá que aceptarlo o puede ser despedido con una indemnización de 20 días por año trabajado y un máximo de nueve mensualidades.
e) Da prioridad a los convenios de empresa sobre los provinciales o sectoriales. Si no hay acuerdo entre la empresa y los trabajadores, el arbitraje será obligatorio. Esta medida hace perder fuerza a los sindicatos y es una de las que mayor malestar ha causado entre ellos.

Entre el escepticismo y el estoicismo

Entre el aplauso de las instituciones europeas y el rechazo de la oposición y de los sindicatos, está la actitud ambivalente con que los ciudadanos de a pie hemos recibido la reforma laboral. Por una parte, nos invade un profundo escepticismo, pues sabemos que, sin profundizar más en la reforma financiera, ninguna reforma laboral es suficiente para crear el empleo necesario.
Por otra parte, la recibimos con un no menos profundo estoicismo, dispuestos a soportar lo irremediable, un ajuste tan duro, en la esperanza de que la pérdida de algunos derechos de los que trabajan permita a muchos parados recobrar su trabajo y su dignidad.

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