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En busca de un precursor

En busca de un precursor

punto-de-vista-300x205-9033676El autor, Jose Ignacio González Faus, es profesor emérito de la Facultad de Teología de Cataluña, enseñó Cristología en Barcelona y Antropología Teológica en la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador. Ex director de la Revista Selecciones de Teología y actual responsable académico del Centro “Cristianisme i Justícia”. Hemos escogido para Ventana Europea, por cortesía generosa del autor y de la editorial, una de sus últimas reflexiones sobre el Año de la fe. (Confío. Comentario al Credo cristiano. Editorial Sal terrae. Presencia Teológica. José I. González Faus, pp.151-154).

La fe no puede nacer ni cuajar si no encuentra una tierra capaz de recibirla. Desde siempre se ha sabido que para anunciar la fe hacen falta un precursor y unas expectativas: en tiempos de Moisés hubo una situación de esclavitud que anhelaba liberación. En tiempos de Jesús estaba latente la esperanza de algún “mesías” que cambiase el estado de cosas (el político y el religioso). Esas expectativas pueden ser complejas y turbias como todo lo humano: no hablamos ahora de actitudes previas limpias, sino de un caldo de cultivo. Moisés y el Bautista recogieron esos ambientes.
Pues bien, quizás hemos de preguntarnos también si aquellos tipos de expectativas precursoras se dan en la cultura oficial de hoy (aunque pervivan sin duda en muchos grupos anticulturales): nuestro mundo posmoderno europeo parece haber perdido toda expectativa que no sea la de un enriquecimiento individual. Y tanto el detalle “oficial” de llamar desarrollo únicamente al crecimiento económico, (prescindiendo de todos los otros items de desarrollo humano) como el dogma también oficial de que “no hay alternativa” pueden ser ejemplos de ello. La enseñanza de Jesús de que no se puede servir a Dios y al dinero tiene, en el mundo desarrollado de hoy, una vigencia como no ha tenido nunca en otros momentos de la historia.
La cultura ambiental ha pasado de la llamada Modernidad a nuestra posmodernidad. Prometeo la primera, Narciso la segunda. Si el emblema, o los lares y los penates de la primera eran el cóctel-molotov (exagerando un poco), los de la segunda, exagerando otro poco, parecen estar en el ombligo.
En este contexto, ¿dónde cabría buscar “precursor” para hoy que prepare el camino del Señor? He pensado a veces que ese precursor quizá se encarne en el budismo: en el auténtico budismo, por supuesto, que es algo muy distinto del yoga para ejecutivos, o el masaje para los banqueros, o el zen para los que luego van a salir a despedir a millones de seres humanos. La situación histórica de pesimismo, la sensación de caminos cerrados y el refugio en un individualismo desentendido han llevado a un nihilismo o un vacío que, por otro lado, tampoco hace más felices (sino solo más esclavos) a los beneficiarios de la injusticia establecida.
Pues bien, en esta situación es donde creo que el budismo puede aportar algo anterior (y precursor, si se quiere) a toda fe: un corregir la resignación para poder volver a desear, o simplemente una experiencia de humanización: convertir nuestra resignación en sabiduría, para que la auténtica sabiduría lleve a la compasión y esta vuelva a encender el deseo y la pasión por el anuncio del Reinado de Dios y del Dios del Reino.
No me estoy refiriendo a una militancia budista expresa, sino a sus enseñanzas antropológicas: a la percepción de que la mentira de todo aquello que idolatramos nos hace a la larga más esclavos, pero no más felices Decía un serial televisivo venezolano que “los ricos también lloran”. Sin duda. Pero debió haber añadido que, salvo los casos de enfermedad y muerte, que no distinguen clases sociales (aunque los ricos tengan mil medios más para luchar contra la enfermedad), la mayoría de las veces lloran por culpa propia: si no culpa personal, sí al menos culpa de su estatus.
Si esto se comprende, el control radical del deseo puede abrir camino a una serenidad interna y a una experiencia de la armonía interior, que es fundamental como estructuradora de una personificación, en la que puede brotar con sentido la pregunta de la fe y la recuperación de una pasión humana como la de Jesús. Mientras que esa pregunta, en el humano erial que hemos construido los adoradores del dinero, es una pregunta no solo sin respuesta, sino, sobre todo, sin sentido.
Escribo esto pensando, naturalmente, en Europa. Los EE.UU. han buscado un camino de compatibilización entre Dios y el dinero que, desde un punto de vista cristiano, es un camino de superstición, más que de fe verdadera. Por eso allí, y en cuanto se me alcanza desde aquí, solo algunos grupos bautistas y católicos ponen resistencia al sistema, mientras que profetas admirables como Noam Chomsky son prácticamente desconocidos en su país y mucho más valorados en Europa.
Para Europa, en cambio, al encarar el “año de la fe”, habría que haber tomado mucho más en serio que la causa más radical de la descristianización europea no radica tanto en el escándalo de la Iglesia oficial (que esgrimen las izquierdas) ni en la supuesta maldad de algunos zapateros, más remendones que malvados (que suelen esgrimir los creyentes irritados). A mi modo de ver, Europa se ha descristianizado “porque no se puede servir a Dios y al dinero, y Europa eligió servir al dinero”. Lo cual ha acabado por volverla más infeliz.
Claro que, como ya dije, ese papel precursor solo podrá venir de un budismo tomado en serio y no desde ese budismo barato, convertido a veces en mercancía, que es el que más circula entre nosotros. Podría darse entonces algo semejante a lo que fue para el cristianismo antiguo el estoicismo de hombres como Epícteto y Séneca: tanto por su ética de la apatheia y la autarquía como porque el estoicismo fue el difusor de la doctrina del logos, o razón inmanente al mundo. Y terminaré recordando que, ya en el discurso de Pablo en Atenas (Hch 17), hay algunas alusiones positivas al estoicismo, si bien la resignación estoica había de chocar, lógicamente, con la “desmesura” del mensaje de la resurrección.
Pero ese es un paso ulterior. Aquí solo se trataba de buscar precursores. Esto puede parecer superfluo. Yo mismo me pregunto si no lo será. Pero, al menos, creo que no es superflua la consideración de que nuestra sociedad del consumismo absoluto no es buena tierra para que nazcan en ella las preguntas que llevan a la fe. Faltaría algo de aquello que la ascética clásica llamaba “vía purgativa” e “iluminativa” como pasos previos a la vía unitiva (o mística, por aludir a la tan citada profecía de K. Rahner sobre el cristiano del siglo XXI: “será místico o no será cristiano”). Ojalá que al menos la criminal crisis económica en que nos han metido y el desmonte progresivo de los derechos humanos que va nublando el horizonte, con la amenaza de descargar algún día como tormenta, nos devuelvan la pasión por lo humano que es el mejor precursor de la fe.

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