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La “Madre Teresa” de Zúrich

La “Madre Teresa” de Zúrich

hdlh95-200x300-2632374Con una vitalidad envidiable, Elvira Pineda, a sus 80 años, no deja de contagiar optimismo y ganas de ayudar. Esta cordobesa que dejó su pueblo a los 13 años para trabajar en Barcelona y que lleva en Suiza más de 50, ha hecho de la entrega en favor de la solidaridad con los pobres del tercer mundo el norte de su vida y de la ayuda a cuantos están en necesidad un estilo de vivir. La Misión de Zúrich es, desde hace mucho años, su hogar y su presencia entre nosotros, un estímulo para todos. Quienes la conocen y tratan con ella no dudan en llamarla la “madre Teresa” de Zúrich.

MÁS VALE DAR QUE RECIBIR
Cuando la pasión que se lleva dentro es auténtica, los frutos se multiplican. Así es en la vida de Elvira Pineda. Desde muy joven –“cuando tenía 18 años” nos dice– hizo un descubrimiento que se convirtió en estilo de vida: que uno es más feliz cuando ayuda a alguien.
Se puede afirmar con rotundidad que toda su vida no ha sido nada más (¡ni menos!) que saber descubrir las necesidades de la gente que estaba a su alrededor e ir aportando su constante y generosa ayuda.
Los ejemplos, según los momentos y circunstancias, se pueden multiplicar. Es como si hubiera ido poblando de realizaciones esos versículos tan meridianamente claros del evangelio de Mateo: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, era emigrante y me recibiste, estaba desnudo y me vestiste, estaba enfermo y me visitaste, estaba en la cárcel y viniste a verme”.
Lo saben bien todas las familias a las que llevaba el pan que recogía de las panaderías y que congelaba en la Misión.
Lo saben bien todos los presos que en el Cantón recibieron su visita, sus detalles.
Lo saben bien en los hospitales cuando se presentaba con aquel grupo de compañeros de la Misión para hacer pasar unas horas agradables a los enfermos.
Lo saben bien las personas que diariamente reciben sus atenciones.
Lo saben bien los recién llegados a este país que pasan por la Misión y nunca se van sin unos zapatos, o una camisa, o ropa para la cama…
TODO TIENE EL MISMO FIN
Siempre lo ha tenido claro. Lo primero: los pobres. Con Elvira, los pobres siempre salen ganando. El viaje que hizo a Bolivia en el año 1984 supuso para ella la confirmación de esa convicción que ardía en su interior.
Para financiar los proyectos de solidaridad con el Tercer Mundo va lo que recauda por los múltiples servicios que presta: sea regando huertos o cuidando mascotas –en los meses de verano–, sea haciendo arreglos de ropa en el taller de costura (que lleva 18 años funcionando en la Misión), sea cortando el pelo o celebrando el propio cumpleaños o yendo a vender –a primerísimas horas del día- sus cosas en el mercadillo de Helvetiaplatz (desde febrero ha tenido que dejar de hacerlo después de 30 años, por razones de salud)–… Y, para ese mismo fin va, también, una parte sustancial de sus ingresos.
Es verdad que Elvira casi nunca está quieta, que siempre la encuentras haciendo algo, pero también es cierto que tiene esa capacidad de juntar a la gente para hacer cosas en común: el taller y la boutique, el bazar, el mercadillo… iniciativas todas ellas que reúnen un nutrido grupo de voluntarios y colaboradores a lo largo del curso con una entrega entusiasta y desinteresada.
NUNCA HA SENTIDO GANAS DE VOLVER A ESPAÑA
En la vida de Elvira en este país ha habido, ciertamente, momentos duros. Los del comienzo, de manera especial. Ella, una mujer sencilla, que apenas había ido a la escuela, se sentía muy pequeña ante los suizos. En sus primeros trabajos no se sintió a gusto. Pero, sin embargo, cuando recuerda los 24 años que trabajó en Correos, se le ilumina el rostro y los califica de “muy felices”.
Contenta en el trabajo, volcada en la ayuda a los demás, integrada en la vida de la Misión, no cabe duda que en su corazón se fue agrandando el deseo de quedarse en este país. Confiesa, con toda sinceridad, que nunca ha sentido ganas de volver a España y asegura que su familia sabe que su deseo es morir aquí.
ATENDER BIEN A LAS PERSONAS
Elvira ha sido testigo de primera hora del nacimiento de la Misión. Ha estado siempre presente, desde los inicios. La Misión la vive y la siente como su hogar. Ha sufrido por las divisiones que se dieron en algún momento. Ha gozado con las fiestas de domingo, los disfraces, las tardes de paella… Ha colaborado con todos. No se ha perdido ningún acontecimiento importante en todos estos años. Su deseo es que, aunque cambien los tiempos, no se pierda el objetivo común, es decir, que siempre “se atienda bien a las personas”.
QUIEN SIEMBRA GENEROSAMENTE, GENEROSAMENTE COSECHARÁ
Somos muchos los que admiramos ese don que Elvira ha recibido: ver y servir a Cristo Jesús en las personas necesitadas. Ese talento no se lo ha guardado para ella, antes bien, lo ha puesto a producir y lo ha hecho de un modo generoso.
La alegría que caracteriza a Elvira, ese tono de serena y profunda felicidad que trasmite a quien se acerca a ella, tiene que ver ¡seguro! con su condición de mujer creyente, que reza por la calle –así nos lo confesó–, con palabras sencillas: “Señor, esto que voy a hacer ahora, lo hago por ti”.
Cuando las cosas se hacen de corazón, sencilla y generosamente, la cosecha de felicidad, satisfacción y gozo es abundante. ¿Verdad que sí, Elvira?

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